Maquillaje para el alma

maquillaje

¡Bendito maquillaje que ocultas las imperfecciones aún en nuestros peores días! Hay días en los que despertamos ojerosas, con la piel opaca, con manchas de sol, o con impurezas y si los planes son quedarnos en casa, podemos estar tranquilas. Pero, ¿qué sucede cuando tenemos una reunión importante, un “date” con ese chico al que estamos conociendo o una fiesta? De inmediato corremos a nuestro estuche de maquillajes y utilizamos todos nuestros trucos de magia para quedar regias.

Hay otros días en los que abrimos los ojos y tenemos que hacer un esfuerzo sobrehumano para levantarnos de la cama. Tenemos heridas que aún no han cerrado. La ansiedad, la depresión, el coraje, la frustración y todos esos sentimientos negativos que crecen dentro de nosotras cuando las cosas no resultan como esperamos resaltan al mirarnos frente al espejo. No queremos salir por no exponer esa parte que no podemos tapar con maquillaje. El terror por mostrarnos vulnerables nos invade y en ocasiones hasta nos impide levantarnos de la cama.

No hay nadie que golpee más fuerte que la vida, ni el mejor boxeador del mundo. Los golpes causados por las embestidas de la vida nos dejan cicatrices que difícilmente se pueden borrar. Tememos mostrarlas porque hemos crecido pensando que las marcas de las cicatrices son feas, que debemos taparlas, ocultarlas y jamás enseñarlas al mundo. Eso es fácil con aquellas cicatrices visibles, las del cuerpo o la cara, pero que hacemos con las del alma. Ocultarlas no es opción, lo que callas te atormenta y poco a poco te consume.

Hace un tiempo leí en el libro “Little Bee” de Chris Cleave lo siguiente:

“Aquí mismo les pido, por favor, estar de acuerdo conmigo en que una cicatriz nunca es fea. Eso es lo que los fabricantes de cicatrices quieren que pensemos. Pero tú y yo tenemos que hacer un arreglo para desafiarlos. Debemos ver todas las cicatrices como belleza. ¿Bueno? Este será nuestro secreto. Porque no se forma una cicatriz en una persona moribunda. Una cicatriz significa que sobreviví. Unas pocas respiraciones y les hablaré algunas palabras tristes. Pero debes escucharlas de la misma manera que hemos acordado ver las cicatrices ahora. Las palabras tristes son sólo otra belleza. Una historia triste significa que este narrador está vivo. Lo siguiente que sabrás es que le pasará algo bueno, algo maravilloso, y luego se volverá a sonreír.”

Entonces comprendí que las cicatrices del alma debemos aceptarlas y aprender a sanarlas. El primer paso es aceptar que están ahí y abrazar esa lección de vida que nos dejó. Y luego tenemos que aprender a sanar porque la vida quiere que ganemos todas las batallas y que venzamos todas las adversidades. Así como buscamos el maquillaje perfecto para ocultar nuestras imperfecciones, busquemos las herramientas necesarias para sanar las heridas del alma. Nada va a cambiar el hecho de un desamor, de una desilusión, de una violación, del maltrato físico y emocional que te pudo haber causado otra persona, pero lo que haya sucedido ya no forma parte de nuestro presente y así como el calendario avanza, nosotros debemos movernos paso a paso.

Cambia de ambiente, sal a caminar, haz ejercicios, cambia tu alimentación, busca ayuda profesional o espiritual, deshazte de fotos y artículos que te traigan recuerdos dolorosos, tiñe o recórtate el pelo como quieras (en estos días me deshice de más de la mitad de mi pelo y la sensación de desprendimiento y libertad es WOW), haz amistades nuevas, lo que sea, pero busca  el ‘concealer’ y el ‘foundation’ que se ajuste a ti.  Y cuando te sientas que la vida te ha pateado más duro que nunca y que tus heridas se han abierto, vístete para matar, y píntate los labios rojos pasión y descubre el poder terapéutico que eso causa en ti.

Los regalos de María

Mami, ¿qué te gusta más, el día o la noche? Mi hijo menor, a menudo me hace esa pregunta. Sin dudarlo, siempre le contesto que me gusta más la noche por su tranquilidad, su silencio y su paz. Está en esa edad en la que no le encuentra sentido a dormir. Hace semanas que no me ha vuelto a preguntar. Si lo hiciera, le contestaria que la noche, excepto la madrugada del 20 de septiembre.
Debo confesar que nunca había sentido tanto miedo. Esa tranquilidad, seguridad y fortaleza que estaba transmitiendo a mi familia no era más que pura fachada. Desde que comenzaron las ráfagas, cada una de ellas helaba mi alma (nunca sentí calor). Uno de los nenes me pregunto cuando se despertó con el ruido del viento: “Mami, ¿tú tienes miedo?” Le conteste: “No, estamos seguros aquí dentro.” Con el corazón a punto de salir por mi boca y dudando si realmente estábamos seguros. El cielo aclaró un poco, por lo que supe que ya era de día, pero los vientos no cesaban. Una taza de café nunca me supo más amarga (aunque haya sido hecho por mi mama que hace el café más dulce que he probado en mi vida). Afuera las palmas se caían, los objetos volaban, puertas de cristal de los edificios vecinos se abrían. Y mientras tanto mis ojos solo veían los sueños de toda mi niñez y el sacrificio de mis padres volar por todas partes a unas millas de mi casa. Experimentar en carne propia la fuerza de ese fenómeno me hizo pensar que una vez todo pasara, ese hogar en el que nací, crecí y donde mis hijos se han criado, estaría reducido a escombros una vez pudiéramos llegar. Llegar hasta donde mis sobrinos y mi hermano seria casi imposible, pues las carreteras rurales estarían intransitables. Estaba sumida en estos pensamientos, los nenes se habían vuelto a dormir, mami se había vuelto a meter en el cuarto, cuando se intensifico aún más toda aquella pesadilla. Ante mis ojos, el viento luchaba por abrir la puerta de la sala y las puertas dentro de la casa vibraban con fuerza. En ese momento di por sentado que las puertas se abrirían y necesitaba moverme al lugar más seguro. Fui al baño, con sabanas improvisé una cama en el piso y con dulzura levanté los nenes de mi cama para meternos ahí dentro. Este se convirtió en nuestro refugio por las próximas horas. A mis papas los deje en el cuarto que menos se escuchaba lo que sucedía afuera, aunque a decir verdad mi mama apenas durmió escuchando noticias en las emisoras de radio y repitiendo una y mil veces “Ay mi casita”. Mi hijo mayor me dijo: “Mami te ayudo a meter las cosas de la sala en el cuarto para que no perdamos tantas cosas si se llegara a abrir la puerta.” Le explique que en ese momento lo importante era estar seguros y que las cosas materiales que perdiéramos las repondríamos poco a poco. Aproveche y bromee con el diciéndole que no íbamos a necesitar nada de las cosas electrónicas puesto que no tendríamos luz por muchísimo tiempo. Mi nene pequeño traía consigo una espada tipo light saver en la que decía que iba a cortar por la mitad las ráfagas. Fueron las horas más largas de mi vida.
En ese momento me sentí tan sola, aun rodeada de mi familia. Necesitaba a alguien que me abrazara y me dijera que todo iba a estar bien. Que no me preocupara. La soledad nunca me había golpeado tanto y se instaló a mi lado para hacerme compañía el día que menos la necesitaba de visita. Quería llorar tan fuerte que todo el terror que sentía saliera de mí. Imaginaba las personas que en ese momento se encontraban en peligro, perdiendo sus hogares por el viento o las inundaciones. Cerré mis ojos lo más fuerte que pude y respiré profundo varias veces mientras sentía el pánico llegando sin ser invitado. Esta vez no lo deje pasar de la puerta del baño y poco a poco comencé a controlar mi respiración, Me arme de valentía, salí del baño y me arrodille en mi cuarto a orar.
Al cabo de unas horas, poco a poco la intensidad de ese monstruo llamado Maria fue perdiendo fuerzas, entonces el agua comenzó a hacer estragos. Estuve un rato sacando agua del pasillo para evitar que entrara a la cocina. Observaba el semblante de frustración e impotencia en mis padres, probablemente imaginando su casa como yo la imaginaba. Aunque mi papa le decía a mi mama que no fuera tan pesimista, sus ojos delataban lo que en realidad estaba pensando. Cuando pudimos abrir la puerta, mi calle, que está llena de árboles y mucho verdor, parecía una zona de desastre Tal parece que, en vez de vientos, el huracán tenía antorchas encendidas en llamas y los arboles parecían quemados. Tantos videos, películas e imágenes y ahora estaba viendo todo eso a través de mis ojos. Todos estábamos en una especie de trance. Probablemente cada uno estaría preguntándose, al igual que yo, si todo aquello formaba parte de una pesadilla y al despertar nada de eso estaría pasando.
Así comenzó lo que sería el día uno de una nueva vida. Con las emociones trastocadas, rodeada de mi familia, pero sin poder llamar o enviar un mensaje al resto de las personas que amo. Comencé a enfrentar una de mis peores pesadillas: no poder comunicarme. Salí a los alrededores de mi casa, encendiendo y apagando el celular, a ver si en uno de esos intentos lograba comunicarme. No recuerdo cuantas veces lo intenté, pero al cabo de bastantes veces, me di por vencida y no lo volví a intentar. Basto dar una mirada a mi alrededor para entender que lo que me rodeaba y la vida tal y como era hace un día atrás había dado un giro inesperado y se acercaban momentos de cambios. La destrucción iba mas allá de árboles y palmas caídos. Fue ver la reserva, parque pasivo, parques de pelota y veredas por las que alguna vez caminé e hice ejercicio para despejar mi mente completamente destrozados. Cada metro que se movía el carro me daba cuenta que estábamos ante una realidad desastrosa. Familias removiendo escombros de lo que un día fue su hogar. Tirando todas las pertenencias a la basura y desprenderse de ellas para siempre. Camino a la casa de mis padres el miedo que tuve durante el huracán, estaba de regreso. Si había visto tantos hogares destruidos, incluyendo edificios comerciales, ¿Qué me hacía pensar que la casa de ellos había corrido mejor suerte? El rostro de impotencia, dolor, frustración y desolación de las personas que veía en la calle van a ser imágenes que jamás voy a poder borrar de mi mente. En mi mente iba tratando de internalizar toda esta situación, ir explicándole a mis hijos lo que estaban viendo y saber que iba a hacer una vez llegara a casa de mis padres. No me puedo imaginar que estarían pensando ellos en su carro mientras se acercaban a su casa. Finalmente llegamos y hubo una sensación agridulce entre ver que las pérdidas, aunque significativas, su hogar existía y había resistido la embestida del fenómeno natural más grande registrado en este país, y por otro lado ver el hogar de algunos vecinos destruidos. No sé si mis padres sintieron alivio o que, pues al ver sus rostros no supe identificar cual era el sentimiento. Puedo describirlo como una especie de shock.
Me invadía un sentimiento de impotencia y de incredulidad ante todo lo que estaba viendo a mi alrededor. Escuchaba noticias cada vez mas tormentosas. Familias en sus techos esperando que los rescataran ya que sus hogares se habían comenzado a inundar en lugares que no esperaban que llegara el agua. Familias que tuvieron que huir de sus hogares porque de repente el agua y el lodo rompieron cristales y ventanas y los hizo salir de su hogar a buscar un refugio en medio del huracán. Puentes y carreteras colapsados dejando inaccesibles muchísimas comunidades con infinidad de necesidades. María nos quitó lo que éramos, las comunicaciones, los adelantos, las carreteras, la electricidad, el agua, los suministros, los alimentos, las comodidades. No podemos decir que estuvimos preparados para una catástrofe como esta porque no lo estábamos, no hacia manera de estar preparados. A medida que fueron pasando los días las necesidades fueron aumentando.
• Filas interminables para echar gasolina, obtener dinero en efectivo de los cajeros automáticos, comprar comida, obtener medicamentos,
• Alimentos escaseando en los pocos supermercados que pudieron abrir las puertas para que las personas obtuvieran lo básico.
• Hospitales y farmacias cerradas.
• Personas dependientes de medicinas o respiradores o equipos médicos luchando minuto a minuto por su vida y probablemente con sus minutos contados,
• Personas que lo habían perdido todo y sin probar bocado en todo el día,
• Personas sin acceso al agua potable
• Miles y miles de personas clamando e implorando ayuda a las autoridades pertinentes o a ciudadanos que los ayudaran porque estaban sumidos en la desesperación.
• Escombros por doquier
• Personas enterrando a sus familiares en fosas comunes porque no tenían comunicaciones ni accesibilidad para llegar o llamar a una funeraria.
• Establecimientos comerciales saqueados
• Miles y miles de personas huyendo del país
• Comunicaciones sin poder restablecerse
• Bancos y cajeros automáticos cerrados para poder obtener dinero en efectivo.
• Empresas anunciando su cierre y despidos masivos.
• Desolación y desesperación porque las ayudas necesarias a las comunidades no llegan
• Familiares y amigos en la diáspora vivían con nosotros, aunque a lo lejos, toda esta encrucijada, deseando hacer algo por nosotros, sin tener noticias nuestras, sin poder contactarnos y sintiéndose impotentes de no poder hacer mucho
Podría seguir mencionando miles de situaciones más y no termino. Si me volvieran a preguntar de nuevo que si estoy preparada para el huracán, mi respuesta sería no. Creía que haber comprado linternas, baterías, estufita de gas (para la que luego se me hacía casi imposible conseguirle el gas), almacene agua potable, tenía dinero en efectivo en casa de necesitarlo, comprar alimentos que no se dañan y suficientes suministros para varios días, era suficiente, pero hoy sé que nada iba a ser suficiente. Lo que si se es que María pudo habernos quitado mucho, pero también nos devolvió demasiado. Esta prueba que nos han dado es extrema, pero hemos sido resilientes.
Maria nos devolvió:
• El sentido de comunidad.
• La confraternización
• La unidad
• La comunicación real y de manera verbal con otros. Los mensajes de texto fueron remplazados por notitas en papel para que alguien supiera que lo fuimos a visitar para saber de ellos o le dejamos algo. Uno de estos días, encontré una en mi apartamento que me hizo llorar por un rato lamentando no haber podido estar. ¡Deseaba tanto poder abrazar a esa persona!
• La infancia a nuestros niños
• Las agallas para ajustarnos los pantalones (o las faldas) y dejarnos de vivir del cuento. O salimos a buscar lo que necesitamos o nos morimos. Nos tocó caminar a pie para ir a comer y de esa manera no hacer mal uso de la gasolina en nuestros carros.
• El valor de las cosas que poseemos y apreciar el sacrificio que nos ha costado tenerlas. Tantos objetos de valor que poseemos y verlos ahora en desuso nos hace comprender cuanto hemos gastado en lujos, en cosas innecesarias o en objetos que nos llenas de satisfacción haberlos adquirido.
• El desprendimiento y nos enseñó que más de la mitad de las cosas que poseemos no son necesarias y que ni aun teniendo dinero en el bolsillo es significado de ventaja para ayudarnos a salir airosos de esta.
• La sencillez para que aprendamos a vivir sin lujos ni comodidades. En la mayoría de los hogares no hay luz ni existe la posibilidad de poseer un generador por lo que no hay blower, ni plancha, ni lavadoras, ni secadoras, ni plancha de ropa, ni aire acondicionado. Hace tanto calor que apenas se utiliza el maquillaje. Ni hablar de la ropa, hay que lavarla a mano, así que no hay mahones que valgan.
• La humildad para aceptar cualquier ayuda que nos brinden (transportación, comida, agua, hielo. Nunca nos había hecho tan feliz que alguien nos dijera: “te traje agua fría.” Cuando regreso del trabajo y una vecina me dice: “Edmarie, ¡te tengo un regalito!, grito de la alegría porque sé que es un poquito de hielo para que al otro día los nenes puedan llevar juguitos y agua fría para su merienda. Y mis amigas cuando se aparecen con hielo o galones de agua congelados para que pueda enfriar otras cosas son los mejores regalos que pudiera recibir en este momento. Nuestros familiares y amigos que viven fuera del país se han desbordado en ayudas y no cesan de preguntar que nos hace falta. Algunos incluso nos han pedido que nos vayamos con ellos un tiempo o que nos tomemos unos días. ¡La vida no me va a alcanzar para agradecerles cada una de las muestras de apoyo de cada persona!
• La paciencia para esperar por lo que queremos y si desesperamos se nos hace mas largo el tiempo. Es drenante la gran cantidad de tiempo que nos toma realizar una actividad que en el pasado nos tomaba minutos e incluso un solo “click”.
• La capacidad de saber apreciar nuestra isla. Nunca habíamos añorado tanto el canto del coquí, el verde de las hojas de los arboles (así sea de un árbol de “meaito” o de un tamarindo que en algún momento querías tumbar con tus propias manos). Basto con que viéramos el daño que hicieron las ráfagas, que tal parece que en vez de viento era fuego. Pero nuestra naturaleza nos ha demostrado como se sobrevive. ¿O es que acaso no han visto que donde todo estaba de colores muertos, el verdor va renaciendo?
• La solidaridad y nos enseñó a compartir lo que tenemos con los demás. Un galón de agua fría o una bolsa de hielo nunca había rendido para tantas personas, como ahora que tenemos la conciencia de que no tenemos donde conservarlo frio y si nos lo quedamos para nosotros solos, eventualmente nos lo tomaremos tibio. Ofrecer tu casa, tu baño, tu lavadora (así sea el modelo nuevo manual) para que la utilice algún familiar o amigo que no tenga.
• La necesidad de los abrazos y el calor que brinda el abrazo en el momento perfecto.
• El valor de un plato de comida caliente a diario. ¡Nunca me había sentido más afortunada de poder cocinar y comerme un plato de arroz y habichuelas!
• El valor y la bendición de contar con un empleo que nos permita llevar el sustento a nuestro hogar. Muchas personas están en la incertidumbre de sus trabajos, e incluso los han perdido. Conservar el empleo es una gran bendición. Debemos ser agradecido, aunque sea difícil, aunque nos hayan sacado de nuestra zona de confort.
• Las tertulias entre vecinos y amigos hasta que el cansancio nos venza. Esto ocurre alrededor de las 8 de la noche y si dan las 9 de la noche, nos sentimos como en esos días cuando nos amanecíamos en algún ‘jangueo’.
• El disfrute de un aguacero y correr bajo la lluvia. Basto estar dos días corridos sin agua para aprovechar y correr a bañarnos y lavarnos el pelo aprovechando el agua que nos brindaba el aguacero. Hemos permitido a nuestros niños correr y disfrutar la mayoría de los aguaceros sin estar impidiéndoselo para que no se enfermen.
• La dicha de ver a los niños soltar y olvidarse de los juegos electrónicos y jugar entre ellos, hacer amistad, y volverse inseparables día y noche buscando aventuras.
• La esperanza, la fe y la fortaleza para levantarnos
• El valor de cada minuto al lado de las personas que amamos

Hoy, varios días después de esa noche tan fatídica, me doy cuenta de que María nos quitó muchísimas cosas y nos devolvió muchísimas más. Algunos días son menos difíciles que otros, hay días en que nos sumimos en la incertidumbre, en la desesperación, en la agonía, en el pesimismo. Eso es normal y está permitido. Está permitido llorar, está permitido gritar, está permitido ‘encojonarse’. ¡Tenemos derecho! Lloremos, gritemos y con esa misma furia saquemos pecho y defendamos lo nuestro. Salgamos adelante y saquemos adelante nuestro país. No juzguemos a los que se están montando en aviones huyendo de la situación, porque se requiere de mucha valentía dejar muchísimas cosas atrás (a los que se van a aventurar, a huir de responsabilidades y a convertirse en una carga para otros, a esos si critiquémoslo, y digámosle que les falto valentía, coraje y agallas para aguantar). En la diáspora miles de puertorriqueños que hace algún tiempo decidieron irse a buscar mejor suerte se han desbordado en ayudas y si somos realistas, si no fuera por ellos, por la clase artística y por las personas que se han unido para ayudarse entre ellos mismos creando fundaciones, el panorama fuera más desolador aún.
Nuestras decisiones van a eliminar nuestras quejas. El quejarnos es una decisión de por si, en la medida en que nos regodeemos en el lamento en vez de buscar soluciones, jamás lograremos sobreponernos a las adversidades. Todos tenemos una historia diferente, abracemos en solidaridad y no hagamos menos la angustia de otros. No es momento de crear protagonismo por creernos que la cruz que llevamos a cuestas es más pesada que la de otro. Hoy todos somos uno, María nos devolvió la simpleza del amor a los pequeños detalles tan sencillos como un “aquí estoy para lo que necesites.”
Pd: Mi familia y yo estamos bien. Mi papa arropa la cisterna todas las noches con toldo plástico desde las noticias de la leptospirosis, no duerme bien velando que no se trepe algún ratón. Por el día la destapa para que el sol le de directo y el agua se caliente (calentador solar). Mi mama por fin pudo ir a Marshalls, esa es su terapia, y aunque la fila de Walmart esta del cara’ ella la hace todas las veces que sea necesarias, total no hay luz en la casa para ver TV. Mis hermanos están bien. El menor hace unos meses se había mudado a la Florida por un contrato de trabajo y hace unos días me toco despedirme de mis sobrinos. Al igual que cuando mi hermano se fue, no me quise despedir, porque no tengo la fortaleza que ellos necesitan que se les transmita, pero yo sé que es para progresar y para estar todos juntitos. Así que somos parte de esas familias que se quedan incompletas por la crisis en el país. Los nenes ya no se pelean por el Xbox, ahora se pelean por quien se baña primero y aprovecha el agua calientita que pueda haber en la tubería. Derek ya puede dormirse sin night lamp y se baña con el agua como salga del grifo, aunque la mayoría de las veces sale seco. Yo estoy bien, me levanto todos los días agradecida porque no tuve pérdidas significativas y muy contenta y motivada a estar en los tapones. Mi intención de hacer algo diferente al menos una vez al mes se está cumpliendo (Papa Dios, un tapón de casi cuatro horas era suficiente, ya está bueno). Aprendí a sustituir el ruido del abanico o el aire acondicionado por los generadores eléctricos de los vecinos. Llevo noches pensando comprar un generador silencioso y alquilar una manguera de agua a presión para desquitarme de los guardias de seguridad de la Urbanización vecina. Cada vez que paso por el lado de una gasolinera sin carros y mi tanque no está lleno, me paro y echo porque vivo con miedo de tener que volver a hacer una fila kilométrica. Y no he vuelto a hacer ejercicios por miedo a que una vez termine, abra la pluma y no salga agua.

El Pillo del Barrio

Si en alguna marquesina, balcón, terraza o patio del barrio en el que me crie faltaba algo, la responsabilidad, siempre, era de una persona en específico. Esa que tenía la mala fama por ser aficionado a coleccionar, tomar prestado o vender objetos que le pertenecían a algún otro vecino. A ese lo llamaban “El Pillo del Barrio” y todos los miembros de la comunidad lo tenían bien identificado. Algunos vecinos lo miran por encima del hombro. Las razones para robar pueden ser muchas, desde hacerlo por necesidad para generar dinero producto de la venta de artículos robados porque no tienen otro modo de empleo, por volverse adictos a esta práctica, por placer, entre muchas otras razones.

Nada justifica el acto de apropiarse o de robar algo que no nos pertenece. Muchas cosas se obtienen con esfuerzo, algunas tienen un valor sentimental y otras se adquieren con muchísimo sacrificio. Pero, si evaluamos nuestra vida, ¿realmente somos quienes para juzgar a estos ladrones? No solo el que roba objetos, dinero o autos es un ladrón.

  • Si con tus comentarios hieres a otros, eres un ladrón de felicidad
  • Si con tus actos molestas o incomodas a otros, eres un ladrón de paz. Por ejemplo, cuando una noche en tu casa decides poner el volumen de tu música tan alto que el vecino no puede descansar, sin importarte que sea de madrugada, si vives en un piso superior y te da por mover muebles o si temprano en la mañana decides cortar la grama con la podadora.
  • Si cuando alguien te cuenta un secreto o te confía una información se la cuentas a otros, eres un ladrón de confianza
  • Si tratas de escuchar o leer conversaciones de ajenas, eres un ladrón de privacidad. Igual si estas pendiente a lo que ocurre en casa de tus vecinos, lo que hacen tus compañeros de trabajo o de clases o pegas tu oreja tras la puerta del cuarto de tus hijos.
  • Si haces preguntas imprudentes como: ¿vas a seguir rebajando?, ¿Cuándo vas a dejar de comer?, ¿vas a seguir sola?, etc., eres un ladrón de tolerancia.
  • Si te interpones u obstaculizas el camino para que otros cumplan sus metas, eres un ladrón de aspiraciones.
  • Si por sobresalir, venderte o quedar bien te adjudicas proyectos de otros, eres un ladrón de ideas.
  • Cuando rompes el corazón de alguien, eres un ladrón de ilusiones.
  • Si buscas enlaces en internet para ver películas o eventos deportivos gratis, eres un ladrón de servicios.
  • Cuando hablas de otros para manchar su imagen, eres un ladrón de reputación
  • Cuando obstaculizas el aprendizaje y no te esfuerzas en llevar un mensaje, eres un ladrón de conocimientos.
  • Si utilizas a las personas como zafacón de frustraciones, quejas y negatividad, eres un ladrón de energía.
  • Cuando retienes algo que no necesitas y puede ser de provecho para otro, eres egoísta y eres ladrón de oportunidades.

Podría seguir mencionando miles de ítems que demuestren que cualquier cosa que afecte negativamente a otro, es un robo. Debemos tener en cuenta que de la misma manera que no en todas las casas hay sistema de vigilancia, rejas o seguridad, así mismo hay algunas personas que no tienen manera de protegerse de nuestros ataques. No tienen la seguridad, no tienen la salud física o emocional para combatir o resistir este tipo de robo. A un adulto, al igual que a un niño se le puede robar su inocencia, sus sueños y sus aspiraciones en un solo segundo. No siempre tendremos oportunidad de evaluar nuestros actos y de enmendar nuestros errores. Hay daños que son irreparables, y eso es lo que debemos evitar. El primer paso es aceptar nuestro error y trabajar para no caer la tentación de privarle a alguien su derecho a vivir tranquilo y en paz. Tengamos bien claro que, de igual manera, nosotros también estamos expuestos a que a diario nos roben. ¿Todavía crees que puedes juzgar a alguien que por necesidad se robó un generador eléctrico en estos días?

En Morovis No

Había pasado mucho tiempo desde la última vez que nos vimos. A algunos, las redes sociales nos han mantenido en contacto. De esta manera hemos podido presenciar bodas, divorcios, noviazgos, decepciones, frustraciones, nacimientos, éxitos, triunfos, alegrías, mudanzas, anécdotas, ocurrencias, en fin, todo lo que una persona comparte en sus redes sociales. Y aunque la tecnología nos mantiene unidos, necesitábamos de ese calor que proporciona un abrazo, un saludo, una charla, un rato ameno, como si el tiempo no hubiese pasado.

¿Que nos mueve a asistir a un reencuentro con nuestros ex compañeros de escuela superior? Hay una etapa en la que queremos ir a ver quién se puso gordo, a quien le va bien, a quien le va mal, quien ha hecho algo con su vida, quien se ha quedado estancado. Algunos van a presumir su trabajo, su pareja (aunque dentro de sí sepa que no es feliz), su familia, su casa, su carro, lo cómodo que vive sin preocupaciones y sin ninguna responsabilidad en su vida y en ocasiones hasta inventan una vida totalmente distinta a la realidad. Llegada la fecha, hora y lugar acordados, encontramos grupitos regados por varias esquinas del lugar. Compartimos con las mismas personas con las que ocasionalmente o a menudo nos encontramos, porque en el otro grupo hay alguien que nos cae mal. No recordamos por qué o quizá hasta lo recordemos, pero forma parte del pasado. O en otro grupo está presente la persona con la que tuvimos una relación ya sea de pareja o de amistad y por razones que no vienen al caso, terminó y se quedaron heridas abiertas y no terminaron bien. Podemos ver una infinidad de panoramas bajo un mismo techo. Aunque todos disfrutan, se saludan o cruzan palabras, no hay una confraternización real. La noche transcurre entre miradas de un lado a otro, una que otra sonrisa por cortesía, incluso una que otra mirada de esas que matan. El exceso de alcohol, música, bromas de mal gusto y altercados entre algunos, quedan grabados en nuestra memoria y poco a poco nos vamos retirando, sintiéndonos superiores o inferiores a los demás.

Conforme pasa el tiempo, vamos adquiriendo madurez (esto no necesariamente ocurre con todo el mundo) y nuestra mentalidad cambia. Soltamos poco a poco las viejas heridas, las rencillas, le comenzamos a dar prioridad a otras cosas, nuestros intereses cambian, la forma de ver la vida cambia. La vida nos va colocando en el lugar al que vamos destinados a estar. Un día, nos topamos de frente con alguien, a quien en otro momento le esquivaríamos la mirada, pero esta vez se escapa un “hola” de nuestros labios, una sonrisa y una extraña alegría por encontrarte a esa persona. Vamos acercándonos a más personas porque entramos en una etapa donde lo importante es sumar, no restar. Esto crea en nuestro ser una llamita de nostalgia que nos inunda de deseos de compartir un ratito con aquellos que nos conocieron cuando no teníamos nada propio, cuando usábamos todos los días la misma ropa, cuando nuestro almuerzo era el del comedor, de ‘La Cárcel’, de ‘La Donera’, de la guagüita de pizzas o de ‘los chinos’. Queremos sentarnos un rato a hablar como cuando nos sentábamos en ‘la glorieta’, en ‘la esquina de cuarto año’ y a lo mejor algunos quieren recordar cuando se iban a “la media luna’. Queremos recordar las anécdotas bonitas, y las no tan bonitas, pero que forman parte de nuestra historia. Queremos recordar lo que éramos, o que alguien nos recuerde lo que hemos olvidado o lo que hemos querido olvidar, eso que nos hace ser quien somos ahora. Incluso queremos que nos pregunten: “¿te acuerdas cuando te gustaba fulan@? O hasta queremos recordar los carros que rondaban la escuela con la música sonando a todo volumen, tan alto que la vibración se sentía en el piso del ‘Planetario’ y las ventanas de los salones de química vibraban. El repertorio de canciones incluía canciones como “En La Disco Bailoteo” de Wisin y Yandel, “Cógela que Va sin Jockey” de Yankee. Alguno que otro maleante frustrado pasaba con “Mami Yo Quisiera Quedarme” y otro despechado escuchaba “A Ella Quien la Vio Llorar Fui Yo” o “Aunque Te Fuiste” de Don Omar y “Ya Me Cansé” de Yandel. Otros grupos escuchaban “Bring Me to Live”, “Going Under”, “My Immortal” de Evanescence, “Somewhere I Belong” de Linkin Park. Los fanáticos del rock en español “Mariposa Traicionera” de Mana y “El último Polvo” de Caramelos de Cianuro. Los enamorados o con sus corazones rotos escuchaban “Mientes Tan Bien” de Sin Bandera, “EL Problema” de Ricardo Arjona o “Fotografía” de Juanes y Nelly Furtado, Recordar el talento de nuestros compañeros “Chayanne”, “Britney”, “Thalía”, “Olga Tañón” y aunque la Muchas de las personas con las que estudiamos aún viven en el país, otras se han ido a otros países a echar pa’ lante a su familia o en busca de una mejor calidad de vida, y otros lamentablemente no forman parte de este mundo terrenal. Volver a reencontrarnos se vuelve casi imposible. ¡Nuestra clase era enorme! De la misma manera que algunos sí deseamos mantener contacto o volver a vernos al menos un día, hay personas a las que eso no les interesa, y también se les respeta porque es su manera de ser. Las agendas y compromisos de cada uno son distintos, pero finalmente se acordó día y lugar. Rápidamente me puse en contacto con mis amigas más ‘close’ para confirmar que iban y cuadrar un “girls night out” de una vez (dos pájaros de un tiro). Llegado el día, los mensajes de texto de “¿a qué hora bajas?”,”¿qué te vas a poner?” fueron recibidos desde temprano. Algunos no pudieron llegar, otros dijeron presente. Al llegar al lugar se sentía un ambiente de alegría. Contrario a otros años, hubo mayor confraternización y las vibras eran las mejores. El lugar era perfecto para los compañeros que, de haber sido en otro lugar, no habrían asistido. Fue un grupo pequeño, pero a decir verdad, se pasó muy bien. Como siempre, hubo quien se quedó distante a los demás. Al cabo de algún tiempo, poco a poco fueron retirándose del lugar y otros llegando. Terminó la banda de tocar, con la que hasta uno de los más calladitos, armado de valor (de ese que nos entra luego de par de tragos), canto a dúo con otra de las chicas. El intento en buscar música de nuestra época entro en discusión, porque habíamos unas que no queríamos reguetón. “Que no sea reguetón, ni Romeo, ni trap, aparte de eso, cualquier música.” A lo que alguien contestó: ¿De cuándo acá no te gusta esa música? Me imagino que si estas por San Juan hasta la bailas.” La contestación inmediata fue: “Sí, pero en Morovis NO”. Las risas no se hicieron esperar. Y alguien dijo: “No sé por qué pero creo que ella va a escribir algo de esto.”

Ya era hora de irse y contrario a otras veces, todos estaban aptos para guiar. No hubo planes de afterparty y a donde estaba abierto a esa hora, sino un “Vamos a cuadrar para llevar los nenes al circo”. O un “suave por ahí, que llegues bien.” Cada quien se marchó del lugar, algunos a su casa, algunos a su trabajo y otras, como yo, a mis compromisos con Netflix. Camino a casa di gracias, por esa noche. Sentí una alegría inmensa al ver el cambio de muchas personas, de esos cambios que sabes que son genuinos. Me dio tristeza no haber podido compartir con algunos de los que no pudieron asistir y hubiese querido que estuvieran ahí. Me dio tristeza ver, como algunas personas viven aferradas a un pasado y eso les impide seguir a delante y soltar esa carga que se produce cuando tienes un malestar con alguien. Y sentí una infinita alegría de ver que un pueblito donde durante algún tiempo se ha destacado aspectos negativos como los robos, asesinatos problemas de luz, de agua, de hoyos en las carreteras, poco a poco se vaya levantando y que los que estamos haciendo algo positivo y aportando al país somos más. ¡Goostreshmy, que se repita!

La Niña de los Dos Moñitos y Medias con Puntilla

¡Se acabaron las vacaciones! Hay que hacer todo temprano porque mañana se regresa al ajetreo diario. Hay que dejar todo preparado para el primer día de clases, para que en la mañana todo sea más fácil. Todos deben bañarse temprano e irse temprano a la cama. El bulto ya está preparado con las libretas “Jean Book”, libro de pintar de “Precious Moments”, cartuchera, lápices (con suerte mecánicos de “Hello Kitty”), goma de borrar y crayones. La lonchera ya tiene adentro las galletas de guineo con el ‘marshmallow’ en el medio para la primera merienda y las “Bimbo” para la de la tarde. El termo con el jugo ‘del rojo’ está en la nevera enfriándose y el “Frutsi” para la merienda de la tarde está en el ‘freezer’. En la lonchera con la cara de “Mickey Mouse” no cabe casi nada, así que el termo debe ir en el bulto.

“Lávate el pelo para ‘espulgarte’ bien, no vaya a ser que la partidura de los dos moñitos parezca una autopista de piojos y liendres.” Al salir de la ducha, la ‘t-shirt’ blanca estirada encima de la cama y la peinilla me anunciaban el dolor de cuello que tendría por varios minutos, aunque no tuviera nada en la cabeza. Creo que era un desquite de mi mamá y en ocasiones una de mis tías por lo incordia que yo era (hay personas que aseguran que aún lo soy), porque me cepillaban el pelo tan duro como si mi cabeza fuera la de una minga, era una excusa para desquitarse. A veces pensaba que en vez de algún piojito o liendres buscaban un dinosaurio, oro o algo que tuviese escondido en mi pelo. Era un trauma, al mínimo picor en la cabeza ya me imaginaba que estaba “cundía” de piojos. En ocasiones si me picaba, escondida iba y me hacia el ritual yo misma, pero no decía nada. Pero ese ritual era parte de la preparación de la noche antes de empezar las clases. ¡Ay de que llegara a caer algo! Porque la mezcla de vinagre con aceite de oliva y no sé cuántas cosas más era una cosa terrible, pasaban los meses y el olor aun lo sentías en la nariz.

Cuando estaba mas grandecita, era bien independiente así que buscaba mi uniforme estilo ‘jumper’ hecho por una diseñadora (una excompañera de trabajo de mi mamá que nos cosía los uniformes y trajes de actividades), mi polo “Wrangler” o “American Project’, mis zapatos escolares de “Pimpolín” (de la mesa con mantel rojo de los especiales), mis medias escolares con una puntilla alrededor y los dos lazos para cada moño, si iba con el pelo recogido o la diadema forrada en rosas artificiales color rosa pálido y ‘baby breath’. Olvidaba una pieza de ropa muy importante, el ‘panty’, con el día de la semana escrito al frente. Un detalle curioso de esta prenda de ropa era que si “Kmart” había puesto el cajón de paquetes abiertos de ropa interior y medias de los que las personas rompían, probablemente tenía 5 ‘panties’ de “Domingo”. ¡Porque estaban a peseta y había que aprovechar el especial! “Mami no me lo quiero poner, es jueves.” “Pues te lo pones porque eso nadie te lo va a ver, cuando usted se compre sus cosas, exige.”.

El momento de peinarme era un momento hermoso entre pelear con mi mamá porque quería cierto peinado y pedirle que no me halara el pelo. Pero quedaba hermosa y mi mamá orgullosa: una ola en la pollina que ni un tornado tumbaba y dos moñitos con unos lazos del tamaño de moña de árbol de navidad en cada uno, hecho por alguna de las madres de mis amiguitas. Antes de salir había que capturar el momento y yo posaba feliz y picoreta con una sonrisa. Veia a mi papa rogando que cuando revelara el rollo, la foto quedara bien, pues esa sería la foto que guardarían de recuerdo, por eso para asegurarse tiraba al menos una con su cámara instantanea. Iba contenta camino a la escuela, “como puerco robao’ porque mi mamá salía tarde de la casa, y en el carro sucedían muchas cosas camino a la escuela. Algo que nunca faltaba era la oración de la mañana. Llegaba a la escuela contenta porque me gustaba. Ahora me llamarían ‘nerd’, pero en aquel entonces era estofona. Era la oportunidad de conocer nuevos amigos, de volver a compartir con los viejos amigos, de aprender nuevas cosas, pero sobre todo: de tomar libros prestados en la biblioteca, envolverme en cuanta actividad extracurricular hubiese y ofrecerme de voluntaria para lo que fuera, asi fuera para disfrazarme de bolsa de papel.

Las compras para el ‘back to school’ se hacían en familia teniendo bien claro que podíamos pedir algunas cosas, pero nuestros padres nos comprarían lo que ellos decidieran. Se iba al casco urbano de los pueblos a comprar las cosas, si no se encontraba todo en el pueblo, se iba en carro público hasta otro pueblo para terminar las compras. La competencia por quien llevaba mejores cosas no existía. Yo nunca lo note, no me criaron con esa mentalidad. Al menos esa fue mi experiencia y por eso vivo agradecida de ser producto del sistema público del país. Podía ver compañeros que tenían cosas en exceso y que sus padres contaban con los recursos suficientes para que tuvieran artículos carísimos, pero veía otros que el primer día de clases iban con los zapatos rotos o doblando la parte de atrás porque ya no le servian, las camisas manchadas, despeinados y sin meriendas. Mientras la noche anterior a mí me habían tenido bajo la tortura de la peinilla y la ‘t-shirt’ blanca, tenía compañeras que no conocían esa tortura y probablemente a sus madres ni les importaba.

El primer día de clases era para conocernos, para contarnos las experiencias del verano, para dar las normas del salón, para asignarnos un pupitre para todo el año escolar (nunca tuve uno por mucho tiempo, por alguna extraña razón rotaba por varios pupitres) y para prepararnos para el semestre. Tomábamos las pruebas diagnósticas para medir nuestros conocimientos, y al menos yo las tomaba como una prueba super importante, de vida o muerte. Si la maestra tenía que salir un momento, dejaba a alguien a cargo, usualmente al más disciplinado del salón, y ese se encargaba de anotar en la pizarra el nombre de quien no siguiera las normas. Al terminar los trabajos había que colorear en algún libro, hacer palabra gramas o ponernos a leer algún cuento. Yo terminaba todas mis cosas rápido y me aburría y como era platicadora, molestaba a los demás. Hoy día, hubiesen llamado a mis padres todos los días, me hubiesen enviado a hacer evaluaciones y probablemente me hubiesen diagnositcado alguna modalidad de problemas de aprendizaje. En aquellos días la maestra me daba tareas adicionales, me pedía que le ayudara a otro compañero, o cualquier otra cosa que me mantuviera ocupada y si había que disciplinar un reglazo podía solucionarlo.

Todas estas memorias llegaron a mí mientras miraba con detenimiento el larguísimo listado de materiales y libros de mis hijos y analizaba cual tienda era la mejor opción para realizar las compras sin tener que dar miles de vueltas. Al final decidi comprar unas cosas en el pueblo y otras en el centro comercial. “Yo no voy a ser el único con un ‘Totto’ si todos los demás tienen el ‘Zuca’ de las bolas de soccer, me compras ese”, escuché a un niño de algunos 9 años decirle a su mamá. La historia se repetía en distintas tiendas. El consumismo y la competencia nos han llevado a criar niños superficiales. Porque lo importante no es iniciar el semestre si no ir a lucir las cosas. Estamos pendientes a lo que la vecina le compra a su hijo o al nieto, para correr a la tienda y comprarle algo mejor y jactarse con los demás. Las redes sociales promueven una imagen de felicidad asociada a cargar encima con logos y marcas, y les da un mensaje a ellos de que para ser aceptados y queridos, todo eso es necesario. Mi chico ya está creciendo, y con él llevo un balance entre lo que puedo y lo que debo darle. Gracias a Dios y a mis padres nunca me falto nada, así que no llevo ese complejo de que “quiero darle a mis hijos lo que mis padres no me pudieron dar”. Analizo las cosas que le compro y primero evalua si realmente es necesario, si vale la pena y primordialmente si es capaz y responsable como para que yo haga la inversión que sea. NO se trata de la cantidad de dinero, aunque en ocasiones si es la razón primordial, se trata de lo que es apropiado para la edad y para su formación como persona. Este año quería un par de tenis para el uniforme de educación física cuyo precio estaba fuera del límite que estoy dispuesta a pagar. Como sé que tiene dinero guardado, negocié con él, que si no quería transar por otros, tendría que comprárselos con su dinero. “Pero me voy a quedar sin nada guardado”. A lo que le respondí: “lo mismo pasa en mi cuenta de banco”. Y así lo hizo, los compro, se quedo sin nada y ahora anda botando la basura todas las veces que pueda para obtener mesada semanal si cumple con ciertas tareas. Quizá un poco exagerado de mi parte, pero yo lo veo como una enseñanza. Sé que cada vez que corra o juegue baloncesto en la escuela, y vea como terminan sus zapatos va a recordar que el los compro con su dinero y los va a valorar más.

La niña de la ola, los dos moñitos y las medias de colores con puntilla salió corriendo, sin escuchar que la maestra les dijo: “No corran como caballitos que esto no es el hipódromo”, hacia su mamá (la meta era llegar a su destino antes que el timbre dejara de sonar, de repente se detuvo porque la lonchera de la cara de Mickey se le abrió y se le callo todo lo que quedaba adentro, le dio un beso a su mamá pidiéndole la bendición y le dijo: “Mami no me tomé el jugo del termo porque estaba caliente y se me viró en el bulto.” Y así pasaba el año escolar, con las libretas, pintadas de jugo “del rojo” para que aprendiera a cuidar las cosas. No conocemos el valor de las cosas hasta que las compramos nosotros. No sabemos el sacrificio que hacen los padres hasta que nos toca ir de compras escolares. No sabemos lo bendecidos que somos hasta que estamos de compras escolares para nuestros hijos y ves el balance en tu cuanta de bancos bajar cada momento. Y de repente recibes un mensaje con unas fotos que te rompen el corazón de unos niños que no tienen nada para su regreso a clases, viviendo en unas condiciones infrahumanas y que aun así quieren ir a la escuela. Eso se vive en nuestro país, eso lo vivían algunos de mis compañeros y yo me siento bendecida infinitamente porque ni mis hijos, ni yo, hemos pasado por eso. Dejemos de competir por qué hijo se ve más vistoso en este ‘back to school’, durante el semestre o al finalizar. Enseñémosle mejor a ser empáticos y que si a algún compañero le falta un lápiz o le falta merienda, deben compartir. Porque para que un niño aprenda, se destaque y sobresalga, no va a necesitar el premio del mejor vestido, si no lo que su intelecto e inteligencia lo llevan a alcanzar. Porque para ser realmente grandes hay que estar con los demás, no por encima de nadie.

Las Luces en las Ventanas

De un tiempo para acá, me he sorprendido, en varias ocasiones, observando las ventanas de las casas al pasar frente a ellas. Las luces encendidas detrás de cada una me cuentan miles de historias, más bien me hacen imaginar. Donde veo una luz apagada, siento oscuridad, desasosiego o un impulso a ignorar esa ventana.

En la primera ventana, alguien sufre por alguna enfermedad terminal y quiere entregarle a la vida todas sus riquezas y bienes materiales a cambio de una oportunidad de vida.

En la próxima, alguien observa todo lo que ha obtenido y logrado. Riquezas, bienes, lujos. Y repasa el sacrificio que le ha costado obtener todo eso y el precio que paga a diario es la soledad y el vacío del alma.

En otra, un niño se cubre sus orejas con las manos para encontrar el silencio que su papa y su mama interrumpieron con una fuerte discusión e insultos.

Al lado, una pareja se mira a los ojos fijamente intentando recordar donde dejaron perdido el amor que los había unido, pero saben muy bien que jamás lo van a encontrar.

Arriba, una madre llora y respira con dificultad al sentir cada vez más pesada la carga de liderar un hogar.

Abajo, un chico sufre en silencio por su cobardía de ocultar quien es realmente por miedo al rechazo, a la burla y a las críticas.

Al frente, una chica desea ponerle fin a una relación que sabe que no da para más, pero el miedo a la soledad, a la crítica y a lo desconocido la frenan, y prefiere sufrir y perder cada segundo de su vida antes que abandonar la costumbre y las comodidades.

Detrás, un joven observa su cuerpo en el espejo con apatía y no se le parece en nada a los modelos en las revistas. Maldice y se odia a si mismo, pero ignora la triste historia que esconden e la mirada cada uno de esos modelos a los que idolatra. También ignora que la chica del bar al que frecuenta lo encuentra hermoso y suspira al verle llegar pidiéndole a la vida que alguna vez el la note y se le acerque.

En el centro, una pareja discute el camino que deben seguir, pero ambos tienen prioridades diferentes y hace mucho que sus caminos no convergen.

En la siguiente, una muchacha, cansada de la costumbre, del encierro, de sentirse vacía y de la falta de libertad, decide recoger sus cosas en busca de su libertad y de un lugar donde sienta paz, donde pueda respirar aire puro y llenar cada espacio de su vida con ilusiones nuevas, deseos reales y experiencias genuinas.

Al fondo, un muchacho se lamenta por haber sido sincero al dejar salir sus sentimientos. Luego de tanto tiempo callando lo que sus ojos decían, reunió valor y coraje y le dijo al amor de su vida todo lo que sentía y fue rechazado.

A una cuadra de allí, alguien fuma y se desvela noche tras noche caminando en su habitación recorriendo el pasado en cada paso que da y añorando tener a su lado una vez más a quien ya no quiso estar.

A lo lejos, una chica intenta vivir su vida y llenarla de momentos maravillosos, pero tiene un vacío que solo la presencia del amor de su vida puede llenar y cada noche da gracias por lo vivido y lo que tiene, pero pide con fe al universo despertar a su lado para sentir que en su vida no hace falta nada más.

A la derecha, unos padres sienten su hogar vacío y se sumergen en la soledad que le proporcionan las paredes que están llenas de recuerdos y los rincones en los que solo se escucha el sonido ensordecedor del silencio.

En otra, una chica llora desconsoladamente al ver que, una vez más, su sueño de ser madre se viste de rojo.

Mas abajo, un chico se pregunta si vale la pena esperar a que llegue a su vida alguien especial o si debe salir a buscarlo.

Al lado una chica mira fijamente a su teléfono mientras espera una llamada o un mensaje que acabe con su espera y le saque una sonrisa.

En otra, un chico se encuentra en el dilema de hacer justicia y robarle un beso a la chica que le roba sus sueños cada noche.

Una de ellas, esconde a una chica que esconde detrás del maquillaje los garabatos morados que deja la violencia en su cara y en su cuerpo, pero sabe que ni el maquillaje con más cobertura lograra tapar las heridas del alma.

En la calle del lado, un chico intenta reparar y enmendar sus errores y cada intento lo lleva a la misma conclusión: jamás va a borrar las huellas de sus actos y las heridas que causaron sus palabras. Y cada noche llora hasta el cansancio porque no se perdona su error.

En otra ciudad, una chica se enamora por cuarta vez en tres meses y jura que es el amor de su vida, aunque al cerrar los ojos sabe bien que prefiere un amor pasajero a probar el sabor amargo de la soledad.

Mientras que su amiga, en su casa, cuenta los minutos para reencontrarse con su amor por tan solo unos días que saben a gloria.

En otra, una adolescente ve a sus padres discutir una vez mas y lleva en su mente una imagen oscura de las relaciones. Es por eso que se jura que jamas tendrá una pareja porque no quiere terminar igual que ellos.

Su hermano, cuenta los minutos para regresar a la escuela y poder ver a la chica que lo tiene suspirando, esa primera ilusion que llena el corazon por toda una eternidad.

Y en una de ellas está la de una chica que en su libreta dibuja palabras que describen lo que su alma siente. Entonces imagino que esta noche escribe lo siguiente:

“Observaba las luces salir por las ventanas

Tantas historias detrás de cada una

Historias de amor o desamor

Pero una es mi favorita…

Esa que es tenue y acogedora

Esa que espera y la mayoría de las veces no llega la hora

Esa que se apaga, pero en un instante se enciende

Esa que quiere llenar cada rincón con su esplendor

Esa que es resistente, pero en ocasiones se rinde

Esa que es tan simple y a la misma vez compleja

Esa que es de amor, de un gran amor que espera.”

¿Cuál ventana es la tuya?

Receta: Papel y Lápiz

Cuando comencé a compartir mis escritos, lo hice siguiendo una corazonada. Un impulso y una lluvia de ideas me llevaron a escribir “Esos Amores la Infancia”. Al escribirlo, pude vivir esos momentos una vez más. Hacía mucho tiempo que había guardado en el cajón de los recuerdos este pasatiempo que algunos llaman talento. ¡Cuánto daría por haber conservado alguno de mis escritos de cuando era niña o algún diario de mi adolescencia! Encontré en la escritura esa terapia que buscaba. En varios talleres he aprendido varias técnicas para utilizar la escritura como una medicina para el alma, un elixir para soltar y una oportunidad de llegar al corazón de muchas personas que podrían necesitar alguna palabra o mensaje de aliento.

En ocasiones, las palabras no salen de nuestros labios con fluidez, porque nuestro cerebro está programado para establecer juicio sobre lo que vamos a decir y cómo lo vamos a decir, pero si las escribimos, tal y como van saliendo de nuestro corazón, sin censura, sin mesura, tal y como nos hablaríamos a nosotros mismos frente al espejo, las palabras salen perfectas y poco a poco vamos aliviando la carga tan pesada que llevamos dentro. Hay días en los que me siento abrumada y agobiada, entonces busco una hoja de papel. Cuando leo lo que he escrito, puedo darme cuenta de que muchas cosas no tienen sentido, que no hay cronología, que voy de la melancolía por algún recuerdo, a la ansiedad por el futuro, al sobresalto por algún ruido, olor o sensación en el presente, y todo eso queda registrado en un papel. Al final, siento una especie de descarga y un desbloqueo en mí mente que me ayuda a relajarme, a descansar o a organizar mis ideas.

No recuerdo haberlo mencionado antes, pero hace un tiempo me diagnosticaron ansiedad. Pareciera que es el diagnóstico de moda para las personas que que estamos muy expuestas al stress. Por si lo desconocen, la ansiedad es un tipo de trastorno que no tiene cura y para el que no hay un tratamiento específico. Es la consecuencia de mi alter ego de creer que puedo con todo, algo así como una Mujer Maravilla. Las noches son una cajita de sorpresas porque puedo estar rendida del cansancio y a punto de irme al valle de los sueños, pero de repente recuerdo que olvidé contestar un email a las 8 de la mañana y era importante, o vienen a mi mente las mejores palabras que jamás se me habrían ocurrido para contestarle a alguien en alguna conversación. O bien puedo estar durmiendo y de madrugada algún ruido me levanta y a esa hora quiero saber la hora, verificar si hay agua fría, si apague el calentador, recuerdo que no coloqué jugos en la nevera para la merienda de mis hijos, ect. Sé que muchos entenderán la creatividad de la mente a esas horas. Hay días en los que una broma pesada, un tono molestoso, un gesto o cualquier frase la tomo personal, porque estoy alerta e incómoda con miles de mimes en la mente. Hay días en los que mis expectativas de la vida y de los demás son surreales e imagino un mundo perfecto que se va desvaneciendo segundo a segundo porque no ocurren las cosas como mi mente las imaginó desde que abrí los ojos por la mañana. En esos días, mis mejores amigos son el lápiz o bolígrafo y el papel o alguna de mis libretas para descargar mi ira, mi frustración, lo que me agobia, y cada letra que escribo va ejerciendo su efecto calmante en mi estado de ánimo.

Los días en los que sigo la siguiente rutina, me siento realizada, aliviada y plena:

  • Al sonar la alarma en la mañana (luego de las veces que le doy ‘snooze’) doy gracias por un nuevo día y establezco al menos una intención.
  • Si estoy trabajando, al llegar a la oficina hago una lista de tareas y priorizo mis actividades. Al finalizar, escribo las tareas para el próximo día, o anoto la que no haya podido completar. Les parecerá insignificante, pero, en ocasiones, anoto en la lista de tareas responder a algún email.
  • En días de mucho stress, cojo una hoja en blanco, pongo el cronometro para 20 minutos y comienzo a escribir sin parar. Durante ese tiempo solo observo mi mente y escribo. Cuando mi mente se queda en blanco sigo haciendo puntos o trazando una línea horizontal hasta que surjan más pensamientos o se acabe el tiempo. Hay días en los que necesito más tiempo y continúo hasta quedarme en blanco. Lo tomo como un tipo de estado meditativo del cual se sale cuando mi mente y mi cuerpo estén listos. Luego leo y analizo lo que acabo de escribir y destruyo el papel.
  • En ocasiones escribo alguna carta donde le digo a alguna persona todo lo que, por no ofender, por tener prudencia o por distintas razones no digo. Es una forma de desahogarme y soltar.
  • Al terminar en mi diario de gratitud escribo al menos 3 cosas por las que me siento bendecida. Intento dar gracias cada día por algo distinto a los días anteriores. En mi diario pueden ver cosas que parecerían tan insignificantes como: “Haber aumentado 3 libras” (ya en otro escrito les hable sobre mi lucha con mi peso). Esta práctica es una manera de recordarme que incluso en días grises hay más de un motivo para dar las gracias.

Cuando la mente colapsa, el cuerpo colapsa, el ánimo colapsa, y poco a poco, nuestra vida colapsa. No es difícil ni imposible hacer una pausa y derramar nuestros pensamientos sobre un papel para poder leer lo que nuestra mente quiere decirnos. Cada letra, cada palabra que escribamos, nos está dando un mensaje importante, hay que leer con atención. Yo aprendí que está bien sentirme mal, que debo abrazar la oscuridad como mismo abrazo y disfruto la luz. Tenía las herramientas correctas al alcance de mi mano, en todo momento. No puedo decirles que mis días son maravillosos y perfectos, pero en la medida en que puedo y me lo propongo, son más llevaderos. Creo firmemente en el poder de la escritura como terapia alternativa para sanar, para aliviar y para recargar, y quiero que otros lo crean también. ¡A ejercitar la mano y soltar nuestra mente!

Las Personas Difíciles


Damos Gracias por las bendiciones, gracias por los días hermosos, gracias por las personas maravillosas que tenemos en la vida, pero ¿damos gracias por los infortunios? Hay personas a las que no les caemos bien e intentan ponernos el pie para que tropecemos ya sea directa o indirectamente. Hay días en los que nos sale todo mal. Hay días que no tenemos ganas de salir de la cama. Hay días que nos cuesta sonreír. Hay días que estamos sensibles. En esos días en los que las bendiciones no se ven a simple vista, la gratitud brilla por su ausencia. ¡Seamos honestos! No se puede ser agradecido justo en el momento en que nos dan una mala noticia, en que tenemos un accidente, en que nos desilusionamos, cuando tenemos un problema con alguna persona, cuando en el trabajo todo parece conspirar para que no cumplas con tu labor. Es una actitud que se moldea. Es una conducta que se aprende poco a poco. Se aprende a asimilar las situaciones y a encontrar una enseñanza. Aprendemos a observar con ecuanimidad la situación, la ponemos en perspectiva y encontramos el mensaje que nos quiere dar. Cada reacción de nuestro cuerpo o de nuestra mente, tienen un mensaje poderoso que darnos, hay que observar con curiosidad.

 Nuestra mente está acostumbrada a estar juzgando y creando situaciones que no existen, formando historias, pero hay que entrenarla. En ocasiones recibimos un correo electrónico o un mensaje y con solo ver el nombre de alguna persona, creamos una historia, nos cambia el estado de ánimo, levantamos la defensa y si haber abierto el mensaje ya estamos listos para combatir. Los que somos más explosivos maldecimos a la persona o la insultamos en nuestra mente, porque ya nuestra mente identifica a la persona como enemiga de nuestra paz. A veces nos levantamos con poco humor y se nos derraman las cosas en la cocina, se nos quedan cosas al salir, nos tropezamos caminando, todos los semáforos nos tocan en luz roja, no conseguimos estacionamiento, llegamos tarde a algún lugar así pasamos todo un día porque sin darnos cuenta fuimos creando el ambiente y comportándonos de manera tal que nos vamos hundiendo.

No es sencillo ver “lo positivo de lo negativo”, pero tampoco es imposible. Basta con parar de juzgarnos, basta con entender que puedes trabajar con tu ser, pero no con el de los demás. En la medida en que sigamos combatiendo, las situaciones nos van a controlar y nos van a definir. Yo no soy un problema, yo no soy odio, yo no soy enemistad, yo no soy envidia, yo no soy negatividad. Doy gracias por cada persona difícil en mi camino porque me sacan de mi zona de confort y me hacen ver que yo no soy tan difícil na. Doy gracias por cada día oscuro porque me hacen recordar que no puedo controlarlo todo en mi vida porque la vida fluye. Doy gracias por los dolores y sufrimientos porque me hacen recordar que soy humana y que siempre puedo dar un poquito más por mí y para mí. Doy gracias porque soy perfectamente imperfecta y en ocasiones, sin darme cuenta, puedo ser la piedra en el camino para otra persona.

Comprende y acepta

Las últimas semanas han sido una montaña rusa de emociones. Hacía mucho tiempo que no tenía esa sensación. Me costó mucho trabajo y tiempo aprender a manejar esas emociones que mantenían mi mente fluctuando (dejo aparte los corajes porque esos me surgen espontáneos). Creo que me enfoqué y me cubrí con una coraza para poder trabajar conmigo y me olvidé de otras cosas que son más importantes. Cuando comencé a compartirle mis escritos y mis pensamientos, lo hice siguiendo una corazonada que me decía que compartiera mis palabras con el mundo y a la misma vez era lo que yo necesitaba aplicar en mi vida en ese momento. Confió demasiado en el poder de la escritura y de unas palabras certeras en el momento preciso. Y sé que he servido de ayuda para muchos. Creo que me enfoque en salvar a los demás, en ayudarlos a sentirse bien, en cargar a los demás con sus situaciones y ponerles las palabras correctas en su camino. Y en ese camino me fui olvidando de mí.

Me fui sugestionando con pensamientos, con ideas, con proyectos profesionales y personales, con miles de cosas para mantener mi mente ocupada. Repitiéndome una y mil veces: “confía en los procesos”, como si me tomara una pastilla de fe diaria. Confiando en que todo lo que pida con fe y en oración se me va a conceder, vi pasar los días, semanas, meses, y ni rastros de algunas cosas. Sentándome en el patio a mirar al cielo y a cuestionar el por que y el para que, de muchas cosas, pidiendo señales para mantenerme firme en mis propósitos. Y cada vez recibía el mismo mensaje: “abraza tu oscuridad”. ¡Y cuando carajo va a haber luz! Porque es humano y normal cansarse, y que la mente se agobie.

Así comprendí que a veces nos alejamos de nosotros mismos porque no queremos enfrentar nuestros matices oscuros. No queremos mirar a los ojos a nuestros miedos y a nuestros desaciertos. No queremos ser humildes y dejar el ego a un lado y decirnos: “¿Sabes que? Por más vueltas que le des, y pidas y pidas, lo que vas a tener es lo que Él quiera.” Si hay alguien a quien le huyo y le viro la cara es a enfrentarme a mí misma. Porque cuando escribo que nos perdonemos y que no nos juzguemos y nos tratemos con amabilidad, lo escribo para mí, porque soy mi peor critica. A veces pienso que no necesito ningún enemigo, ¡si con mi juicio falto de ecuanimidad y acusador es más que suficiente!

Así que di cara y me enfrenté. En mi afán y aventura de ayudar, de escuchar, de compartir, olvide que si algo me levantó de muchas situaciones, fue abrazar mi espiritualidad, y de eso me había alejado. Empecé a recordar las veces que Dios ha tocado en mi puerta últimamente y lo he ignorado. Ha empujado la puerta y he medido fuerzas cuando solo quiere ocupar el lugar que le corresponde en mi vida. En su lugar he colocado series de televisión hasta quedarme dormida, audios que me hagan desconectarme del mundo y solo me lleven a ensimismarme, actividades sociales, interacción con otras personas, en fin, hice todo lo posible por ir sacándole de mi vida y darle solo unas buenas noches o unos buenos días. Recordé todas las veces que Él me ha levantado y que he visto su misericordia y su poder. Entonces pude entender que mi alejamiento fue porque me enoje con El porque las cosas me las da a su tiempo y no al que yo quiero, porque me da lo que necesito y lo que es lo mejor y no me da lo que yo anhelo.

Sentí la necesidad de ir a la iglesia y recibí el bofetón que necesitaba:

  • Necesitas humildad y hacer silencio para que el corazón hable en oración.
  • Aprovecha cada mañana que el Señor te brinda para mejorar tu espiritualidad.
  • Ninguna victoria se logra si no es conforme a su voluntad
  • La única fortaleza que necesitas no es contra el mundo si no para mejorar la vida espiritual
  • Si te dejas sostener, enderezar y guiar, El obra para bien.
  • De nada te sirve orar y arrodillarte con lágrimas en los ojos, si eres hipócrita en tu fe y pides solo lo que te conviene.
  • Aprende a aceptar la voluntad ya sea en forma de bendiciones, pero también en forma de cruces.
  • No te dan cruces que no puedas cargar, y todas tienen un propósito de crecimiento de vida
  • Si tu oración no es frecuente, confiada y dentro de ella no hay gratitud, de nada sirve.

Entonces supe que el día que comprenda y acepte que no es lo que yo quiera, ese día encontrare paz…

El Traje Rojo

traje rojo

 

Cuando niña, mi juguete favorito eran las muñecas Barbies. Recuerdo que iba con ellas a casi todos los lugares, incluso al salón de clases. Mi maestra de primer grado no ha olvidado la bolsa de Barbies que llevaba conmigo todos los días. Tenía una con el cabello larguísimo y un día decidí que su cabello necesitaba otro estilo, busque unas tijeras y se lo corte. Había visto a las chicas en los salones de belleza recortar a otras personas y parecía sencillo, pero cuando termine el recorte, me di cuenta de que, al igual que para recortar papel, no tenía talento para recortar pelo (hace unos años intente lo mismo en mi pollina, imaginen el resultado). Aun así, con todo y el pelo horrible, no me deshice de ella porque formaba parte de mi colección de muñecas. ¡Sufría tanto cuando mi primita, a la que de cariño apodo ‘Pelusa’, entraba por la puerta de mi casa con sus rizos alborotados! Mi reacción era la misma que los peces de la película de “Finding Nemo” al ver entrar a “Darla”, ¡pánico! Porque las sacaba de su lugar, las despeinaba, les cambiaba las ropas, etc. Cuando me casé, adivinen que hizo mi mama: regaló mis Barbies (aún no se lo puedo perdonar), solo se salvaron las dos que me había llevado conmigo porque las tenía con su stand como decoración en mi cuarto. Cuando me mudé de la primera casa en la que viví, la nieta del dueño quedó maravillada con las muñecas. Fue ahí cuando, con dolor en el alma, me deshice de las últimas dos que conservaba. La cara de la niña y su ilusión y deseo por tenerlas me dijeron que era momento de soltar.  Me costó mucho trabajo deshacerme de ellas, porque desprendiéndome de ellas me desprendía de los recuerdos y de los momentos mágicos cuando inventaba e imaginaba mundos con ellas en mis manos.

A demás de las Barbies, tenía un traje rojo al que amaba con locura. Era de esos bien hermosos de nuestra época (la de los 80’s), con volantes, la tela picaba, lentejuelas, y voladito (no se de diseño de modas para especificar el estilo, pero la modelo en la foto luce la pieza fiel y exacta de la que les hablo).  En ocasiones mi mama me combinaba ese tipo de trajes con medias ‘pantyhose’ y yo las odiaba, así que no me duraban mucho tiempo. En medio de la misa, me paraba, metía las manos bajo el traje y me las quitaba. Tiempo después le cogía las que ella utilizaba para el trabajo, me las ponía y les hacía rotos (para imitar a Gloria Trevi). ¡Pa’ que aprendiera a no obligarme a usar esas medias!  Yo era muy voluntariosa (la verdad es que aún lo soy) y recuerdo que tenía la necesidad de ponerme ese traje a menudo, para cualquier lugar, incluso cuando apenas me servía. ¡Era mi traje favorito! ¿Por qué tenía que renunciar a el?

Así somos con los recuerdos, con las posesiones, con las personas, con las ideas. Sabemos que ha llegado el momento de desprendernos de ellos pero postergamos y tememos dar ese paso. El desapego y el desprendimiento son procesos complejos en los que nuestra mente siempre va a encontrar excusas razonables para conservar eso de lo que debemos deshacernos. Es una respuesta innata de nuestra mente que desarrollamos desde que estamos en el vientre de muestra madre. Aprendemos a apegarnos a lo que amamos. Es por eso que los bebes lloran al despegarse de su madre y se calman al tenerla cerca o a alguna persona cercana a su entorno.   A veces estamos en una relación, de cualquier tipo, carente de emociones, sentimientos y de compromiso, vacía, por costumbre, por obligación, en la que no hay plenitud, pero hay abundancia de dudas. Permanecemos en ella por miedo a la soledad, por miedo al que dirán, porque queremos evitar el proceso de una separación, porque estamos tan acostumbrados a vivir de una manera que dar ese paso nos causa temor, porque no quieres herir a otros, porque no quieres causar un disgusto a tu familia, por los hijos, por una estabilidad, por miles de razones. Y ahí nos quedamos, sabiendo lo que debemos hacer, pero convenciéndonos de no hacerlo.

Nuestro estilo de vida y las costumbres que tenemos también cuesta trabajo cambiarlas. Aunque sepamos que debemos hacer algunos cambios en nuestro comportamiento, en nuestros hábitos alimenticios, lugares que frecuentamos, personas con las que compartimos. Sabemos que hay muchos factores internos y externos que debemos sacar de nuestra vida pero no tomamos cartas en el asunto. La zona de confort siempre es mejor que correr riesgos y tomar decisiones firmes, difíciles, pero gratificantes luego de algún tiempo.

En ocasiones la vida nos obliga a soltar y dejar ir. El destino nos arranca de repente a un ser querido, a una mascota, a una posesión con un valor sentimental, o hasta un proyecto, y se nos derrumba la vida en un instante. Nos aferramos al recuerdo y nos rehusamos a desprendernos de la presencia física de “eso” que tanto amamos. Cuando el corazón es quien se rehúsa a desprenderse, no hay tregua. Es difícil dejar ir eso que tienes guardado en lo profundo de tu alma. Sufrimos en silencio y nos enterramos en la tristeza. Sabemos que debemos soltar y eso nos consume.

En el transcurso de la vida vamos a desarrollar y cultivar sentimientos hacia diversas personas o hacia cosas. Vamos a establecer vínculos muy cercanos y las llegaremos a hacer parte fundamental en nuestros días. El placer, la alegría, la plenitud, la comodidad, la seguridad, la energía, la paz, o la sensación que “eso” nos proporciona la idealizamos como algo eterno. El paso de las personas, de las cosas y de todo lo que sucede en nuestra vida es efímero. Me encanta esa frase de Frida Kahlo: “A veces hay que seguir como si nada, como si nadie, como si nunca.” Porque lo único a lo que debemos aferrarnos es a atesorar y vivir a plenitud cada momento presente. ¡Cojámosle apego al presente, y que eso que ya no tenemos sea una motivación que nos llene de determinación para cumplir nuestros deseos de una manera más profunda!