Sobreviviendo a la Maternidad

Hace algunos meses que vengo observando bien de cerca, y desde la conciencia, cómo estoy viviendo la maternidad. Ha sido inevitable compararme con otras madres. ¡La competencia de madres modelos es bien fuerte! Es tan o más fuerte que una pelea de boxeo entre los dos mejores púgiles del mundo. Sentirse insegura sobre el desempeño que podamos tener es normal. Nuestras madres pusieron su granito de arena en nuestra inseguridad cuando de niñas nos decían: “sal, que no te voy a dar”. Uno confiaba, salía del cuarto y púcutu… Asi que es normal que lleguemos a la maternidad siendo unas madres inseguras.

Nos crían y nos intentan lavar el cerebro con la idea de que nuestro rol en la vida es ser primero madre, luego mujer. Que seamos como nuestra abuela, o como la Virgen María y llevemos una vida de pureza, castidad, sacrifico y entrega. Y es esta falsa creencia la que lleva a muchas mujeres a hacer de sus hijos, el más grande proyecto de vida. Proyectan en ellos sus sueños, sus frustraciones, sus ansiedades, todo eso que pudo ser y no fue. Hacen a los hijos merecedores del cielo por derecho de nacimiento. En mi opinión, a los hijos se les debe enseñar a trabajar y luchar por ganarse todo en la vida, así sea un vaso de agua. A decir verdad estamos criando una generación de niños y niñas engreídos y caprichosos.

Como madre, soy un tanto diferente al resto. No soy fanática de mis hijos, no soy su porrista, no soy su fiel seguidora, ni ellos son mi mayor plan en la vida. Pero si hacen algo bien, lo celebramos con vítores, pitos, grito, les expreso mi admiración y los felicito por su logro, bebemos (yo, una copa o dos o tres de vino y a ellos tal vez les deje tomarse un vasito de 7 onzas de refresco) y en ese momento soy la madre más orgullosa del mundo, pero es EN ESE MOMENTO. Mi función como madre no es decirles que son los más bellos, ni los mejores del mundo, mucho menos que van a lograr todo lo que quieran en la vida, ni que se merecen todo lo que ellos deseen, mucho menos que les voy a dar todo lo que ellos quieran tener y que yo nunca tuve. ¡NO! Mi rol es darles las herramientas que necesitan para que sean hombres de provecho, buenos compañeros de estudios, buenos amigos, buenos novios, buenos esposos, buenos empleados, y que el papel que ellos elijan en su vida, lo hagan bien, y que trabajen para mejorarlo. ¿Qué clase de hombre y mujer vamos a entregarle al mundo si no sabe hacer una tarea por sí solo, si no ha tenido la necesidad ni de levantar un vaso del piso o de servirse un plato de cereal? Siempre les digo: si no logras ser alguien por tu esfuerzo, eres un plasta. Que se propongan metas reales con los pies bien puestos sobre la tierra, analicen qué tienen que hacer para lograrlo y que metan cojones, porque del cielo cae lluvia, no metas materializadas. Sí, les enseño a orar y que hay que encomendar las cosas y bendecirlas, pero que hay que hacer que las cosas sucedan.

Y entonces… Llego al colegio y me topo con este corillo de madres “perfectas”, que se desvelaron haciéndoles una obra de arte por proyecto para su hijito de tercer grado, para que sobresalga y sea ‘el mejor’ de los proyectos. Por otro lado me bajo yo, con una cartulina, con dibujos hechos y recortados por mi hijo, decorado como él mismo decidió que lo quería hacer, con los colores que escogió. En un pupitre tienes a un niño orgulloso con su trabajo, que aprendió a ganarse una nota, y en otro pupitre tienes a otro que aprendió a que otros harán las cosas por él y que no siempre es necesario esforzarse. O me topo con otra madre que me dice: “tengo que salir corriendo porque mi nena dejó su proyecto en el carro”. Mientras tanto, recuerdo las veces que mi hijo ha olvidado una libreta o un trabajo y me llama para ver si puedo virar al colegio a llevárselo. Mi contestación: “Tu celular, ¿también se quedó en el carro? ¿NO, verdad? Pues no voy a virar, esa era tu responsabilidad y tu prioridad al bajarte fue asegurar que tu celular no se te quedara, ahora asume las consecuencias de tus decisiones.” Son madres que viven por y para sus hijos. Tan es así que en ocasiones no ven ni las malas decisiones o acciones que cometen a sus espaldas, por el empeño que tiene en querer hacer sobresalir a sus hijos y en su mente tener la imagen de hijo perfecto. Recuerdo que hace un tiempo estuve hablando con unas madres sobre un chat que encontré en el celular de mi nene, unos de los nenes hablando del juego de baloncesto, otros de Fortnite, otros de sexo y otros de drogas y alcohol. Una de la madres, para las que su hijo es un hijo modelo me dijo: “Ay gracias a Dios que el mío no se mete en esos chats, yo se lo tengo dicho.” Yo me le quedé mirando sin saber que contestarle pues es el mismo nene que hace unos años se la pasaba el día entero comparando hasta un lápiz con un pene y el mismo que le había enseñado páginas con pornografía desde su celular a otro nene. ¡Que ciegas son! Los hijos son unas cajas de sorpresas…

Es inevitable que, en ocasiones, nos cuestionemos si estamos haciendo un buen trabajo. Las redes sociales, familiares, amigos y demás nos bombardean con opiniones, comentarios y sugerencias de qué o cómo deberíamos hacer las cosas o criar a nuestros hijos. Pero yo ya aprendí que mi aprobación y mi evaluación me la da mi adolescente cuando tiene alguna duda sobre la jerga de la juventud (“Mami, ¿qué es coger una nota? O ¿qué significa cuando en las canciones dicen que van para un putero?) y se me acerca a preguntarme el significado cuando fácilmente pudo usar su celular para buscar la definición. MI aprobación me la dan las miradas de ambos cuando aciertan o fallan una jugada y buscan mi mirada de apoyo o de felicitación en las gradas. Mi aprobación me la da mi hijo pequeño cuando tiene algún miedo y va a buscar protección bajo mi sabana, o solamente una palabra que le diga que no debe tener miedo, que estoy aquí para protegerlo; o cuando en las mañanas se despierta somnoliento, con los pelos parados y los dientes sin lavar y me sonríe con los ojos y me da un beso en la panza. Mi aprobación la tengo cuando están enfermos y desearía ser yo quien se enfermara (menos cuando se dan un golpe habiéndoles advertido que les va a pasar algo, ahí me alegro para que aprendan). Mi aprobación me la di yo cuando tome la decisión más grande que he tomado al día de hoy que fue comenzar un camino sola con ellos dos, con un sueldo de nueve dólares la hora, pero sabiendo que la estabilidad de una familia no radica en una familia tradicional, ni en el ingreso, si no en un ambiente y una atmosfera donde cada miembro se sienta a gusto y respetado. Mi aprobación me la da la ternura que me inspiran cuando los veo dormiditos, ¡y lo bien que se portan cuando duermen!

Jamás seré una madre que encaje en el marco de fotografía a donde colocarían la foto de una súper madre en un especial del día de las madres y tampoco lo quiero. Porque eso significa que no tendré permitido y sería un escándalo y una barbaridad decir que estoy harta, estoy cansada, necesito mi espacio, malditas sean las prácticas de baloncesto, estoy loca que acabe el torneo, ojalá y crezcan para que se casen ya, váyanse a dormir ya (cuando apenas son las 7 de la noche), botar los juguetes cuando ya me harté del crical en la casa, ni muchas otras cosas que todas piensan pero que no se atreven a decir porque no son socialmente aceptadas, porque te van a mirar con desaprobación. Dejemos de proyectar nuestros miedos, complejos e inseguridades en ellos. Ellos no necesitan que les resolvamos la vida, necesitan que les enseñemos a ser autosuficientes. Ellos no necesitan que les compremos todas las cosas materiales que tienen los demás, necesitan saber que la vida no es una competencia de quien tiene más y que las cosas materiales no dan la felicidad (a menos que sean chocolates, eso si da felicidad al instante). Ellos no necesitan que los agobiemos y que los excluyamos del mundo metiéndolos en una cajita de cristal para que no los lastimen, necesitan que les demos la libertad de exponerse al mundo manteniendo un balance y para que adquieran seguridad y confianza al momento de enfrentar situaciones. Ellos no necesitan que les ocultemos que de vez en cuando nos damos un vinito o dos y que escuchamos a Bad Bunny, necesitan saber que también tenemos nuestros gustos y que tus pasatiempos y gustos no te definen como persona y no son sinónimo de dignidad. Ellos no necesitan que nos encerremos a llorar y les ocultemos las lágrimas cuando ya no podemos más porque estamos agobiadas o porque el peso del mundo en nuestros hombros ya se nos hace muy pesados, ellos necesitan ver que somos humanos y que se vale llorar y pedir ayuda cuando sea necesario y que eso nos hace valientes. Ellos no necesitan que les endiosemos la figura de un padre ausente e irresponsable (en ocasiones, viviendo bajo un mismo techo) porque la sociedad, los abuelos y demás te dicen que nunca le digas nada negativo de su papá porque ven en ellos el ejemplo de lo que es un hombre, necesitan que les digan que un buen padre no es llamar a contar chistes, ni hacer un esfuerzo de vez en cuando, ni proveer dinero (los que lo hacen); un buen padre está ahí dándote la mano, cerca o lejos, no brillando por su ausencia y dejando que otros hagan el trabajo para el que a ellos les faltó cojones.

Así que si eres una mamá que se encierra en su baño a ver memes, o esconde chocolates para no compartirlos con su hijos, o por chat se desahoga con sus amigas y le aconseja a otras que se tarden hasta nunca, si es posible, para tener hijos, y que tienes crisis existenciales, y sueña con algún día desaparecer por varios días, eres de las mías. Acuérdate que un día ellos se van a ir, o van a tomar decisiones equivocadas y ese día, vas a darte cuenta de que no les diste las herramientas y de que ellos siempre supieron que tú no eras feliz siendo una madre abnegada. Al fin y al cabo el amor verdadero no es incondicional, es real y es eterno. La maternidad no es una competencia entre quien tiene al hijo más inteligente, más talentoso, la casa más limpia y tranquila, la maternidad es el hecho simple de ser tu historia, con tus hijos.