Cuando las rodillas se pelan

El fin de semana estuve compartiendo con unos vecinos mientras vigilábamos los niños en la piscina. Hablábamos sobre los crear hábitos para ejercitarse regularmente y a uno de ellos les surgió la idea de que comprásemos bicicletas, hacer un grupo e irnos un día a la semana a correr. Como mis tiempos de complacer a medio mundo y dejarme para la último pasaron de inmediato contesté: “Conmigo no cuenten, porque le tengo miedo a correr bicicleta.” Me miraron con cara de WHAT? Por no parece mal educada, les conté que cuando fui adolescente, sufrí una caída de una bicicleta y termine con las dos rodillas y los dos codos con heridas.

No sé qué dolió más, si la ‘pelá’ que me di o el alcohol para curar las heridas. Porque te dicen: “Va a arder un poquito, pero yo te soplo y no te arderá.” ¡Mierda es! ¡Qué mucho nos engañaban con eso! Nos decían que era agua oxigenada para limpiarnos y que si no nos curaban podíamos perder la pierna y habría que ir al hospital a que nos picaran alguna extremidad. Ahora que soy madre sé que aunque es importante desinfectar las heridas también es una manera de cumplir la palabra de que “encima del golpe…”

No fue nada grave, pero aun lo recuerdo y las veces que me he subido a la bicicleta de mis hijos, las uso como si fuera la primera vez que corro sin las rueditas pequeñas para aprender a correr. NO es necesario aclarar que mis hijos y sus amiguitos se mueren de la risa al verme correr bicicleta hacer el intento de correr bicicleta. Siendo sincera, debo confesarles que la distancia que he corrido ha llegado a ser tan larga como cien metros, no más. Sin embargo, tengo claro que todo está en mi mente y que es un miedo que se vence bien fácil: subiéndome a una bicicleta y dando una larga corrida hasta que logre olvidar que alguna vez le tuve miedo, o hasta que me reviente y acepte que no soy una mujer que está hecha para correr bicicleta y que corriendo sobre mis dos piernas me va mejor.

Por años he perseguido estrategias para vencer mis miedos, mis inseguridades y superar los traumas que algunas situaciones me han causado. Lo he hecho consciente de que el ser humano evoluciona superándose y que es necesario vencer obstáculos que nos impiden crecer. David Fischman lo expresó bien claro cuando escribió: “El miedo es la emoción más difícil de manejar. El dolor lo lloras, la rabia la gritas, pero el miedo te atrapa silenciosamente en tu corazón.” Nos crían y aprendemos a reprimir nuestras emociones. Desde pequeños nos inculcan a que no debemos decir todo lo que pensamos. ¿Su mamá nunca le dijo: “Si te atreves pedir agua aunque sea agua, ya vas a ver.”? Esas enseñanzas generacionales que buscaban moldear seres educados y juiciosos, nos llevaron a ser seres capaces de juzgarnos a nosotros mismos y a reprimir los sentimientos, las emociones y los deseos.

En la búsqueda por superar mis miedos, he utilizado muchas herramientas y he escuchado consejos de expertos (también de algunos que se creen expertos) y todos me han llevado al mismo lugar. La definición de buscar ayuda y buscar herramientas para nuestra mente es buscar una cura o un antídoto que nos quite la enfermedad del miedo o la tristeza, o la emoción que queramos combatir. Encontrar la fuente del olvido, la fuente que repara heridas,, la fuente que borra los miedos, la fuente de la felicidad. Me sumergí en ese mundo y me aparté de la realidad. Traté de comprometer todo mi tiempo y ocupar mi mente todas las horas necesarias para así evitar pensar, “despejarme” y poco a poco aprender a manejar mejor las emociones, pero sin exponerme mucho a las situaciones. Estaba en ese punto de la vida a donde a pesar de sentir plenitud en muchos aspectos, en otras se siente un gran vacío.

El positivismo y existencialismo barato me acompañaron en muchas ocasiones. Cuando me sentía vulnerable, ansiosa y con ganas de llorar me envolvía en talleres, libros, películas, amistades, familiares, yoga, caminatas, carreras, meditación, en lo que fuera, con tal de no derrumbarme y me funcionó por mucho tiempo y aún me funciona (en ocasiones). Lo importante era sugestionar a la mente ‘sí o sí’ para que apreciara más las personas a mi alrededor, con ver lo hermoso de cada día, con vivir la vida, con ser bendecida porque tengo muchísimas cosas que otros no tienen, con que hay un ser Supremo que todo lo puede y pone todas las cosas en su lugar . Todo ese positivismo que queremos creer y tomárnoslo en sobredosis. Entonces, un buen día me vi sin ganas de levantarme de la cama, sin ánimos de nada, solo de llorar. Me permití llorar y quedarme en la cama viendo las películas más deprimentes que existen, una que nunca me falla es My Girl, esa parte en la que Vada se para frente al ataúd de Thomas a pedirle que se levante me rompe el corazón y desde el 1991 lloro como el primer día en que la vi. Ese día agarre una botella de vino y  escuché las canciones más ‘corta venas’ del mundo y busqué los ‘quotes’ más tristes que habían, y los escribí en ‘post-it’. (Quizá exageré un poco para añadirle dramatismo a un día de mierda en la vida de alguien que ya no puede seguir jugando a ser ‘Wonder Woman’). Necesitaba sentirme así, dejar salir todas las emociones que contra las que había intentado luchar y aliviar de miles de maneras. ¡Mandé al positivismo al carajo por un día! Me permití sentir todas las emociones que temía sentir y aun con el corazón en mil pedazos y los ojos hinchados, me sentí aliviada y en paz.

¿Por qué huía de eso? Porque me sentía capaz de poder manejar mis emociones, porque levante muros y cree una coraza para protegerme de las personas y así evitar que me lastimen o alteren mi paz. Porque quería vivir una vida adornada de signos positivos, de personas positivas y cariñosas, nada fuera de mi zona de confort. Nada que me hiciera encontrarme con mi verdadero problema: el miedo y el terror a sentirme vulnerable ante los demás. Demostrar mi vulnerabilidad nunca fue una opción, pues los errores del pasado me enseñaron que la soledad y la tristeza no nos pueden llevar a elegir personas que curen nuestras heridas.

Ese día marco mi vida y descubrí el significado de “deja que las emociones fluyan”. Comprendí que, a fin de cuentas, en los talleres y clases siempre me dieron la clave, pero como de costumbre, quise hacer las cosas a mi manera e interpretarlo como mejor me convenía. Aunque los muros y el caparazón no se han ido del todo, he aprendido a acercarme y dejar que se acerquen. Ahora puedo comprender que mi fortaleza no está en decir ¡que se joda!, si no enfrentar las situaciones o a las personas y decirles: “¿Sabes algo? Me lastimaste”, o tratar de entender el porqué de una actitud o manera de ser de alguna persona. Al principio sentía que perdía mi dignidad o mi fortaleza al hacer esto, ahora lo veo como una oportunidad para mí y para las personas a mí alrededor, y establece los límites. Siempre tengo en mente que fingir que no duele, duele el doble. Si extraño a alguien (aunque me cuesta bastante aceptarlo), lo digo, aun sabiendo que mis sentimientos no necesariamente van a ser correspondidos. Si no puedo utilizar las palabras porque soy terca, me enojo, o por la razón que sea, siempre encuentro una manera de dar un poquito de mí de cualquier manera. Las personas no van a ser como esperamos, así que no debemos crear expectativas sobre nadie. Y aunque he aprendido a aceptar más a las personas si hay que mandarlos a buen sitio, también se hace sin miedo y sin pensarlo mucho, se trata de aceptación, no se sumisión. He aprendido a querer más a los demás, pero también tengo definidos mis límites. Cuando necesito gritar grito, lloro, peleo, y trato de no guardarme nada (aunque sigue habiendo muchas cosas que me cuesta decir). Hay un poema corto del libro Bocanadas y Besos del autor Lucas H. Guerra que siempre llevo en mi memoria:

” Somos eso que nunca dijimos. Eso que llevamos a cuestas. Eso que nos duele en el cuerpo y nos carcome el alma. Somos eso, y un nudo mudo que sonríe al mundo.”

En la medida en que continúe aceptando y reconociendo que mis aciertos y mis errores han sido pasos que he dado, sin importar la dirección, para crear la ruta de mi vida. Nadie va a hacerla con mis pies, ni yo con los de nadie. Ahora lo hago paso a paso, caminando y a veces corriendo. ¡Quizá algún día la haga en bicicleta! Y si me caigo, me voy a “mondar” las rodillas, pero me echo alcohol (o me lo tomo) y buscaré consuelo.

Posdata: Una vez aprendes a aceptar a los demás tal y como son y sobre todo a ti mismo, vas a sorprenderte de lo capaz que eres de soportar y sonreír ante personas que se merecen una patada en la cara con toda la fuerza que nos da la simpleza del amor a los demás.

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