Rompiendo el Silencio

 

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Cuando cursaba el tercer o cuarto grado de escuela elemental ocurrió un suceso que nunca olvido. Mientras todos jugábamos en el patio, un compañero metió su mano bajo mi falda y me agarró las nalgas. La rabia que sentí en ese momento me hizo reaccionar violentamente abalanzándome sobre el a golpes. Terminamos en la oficina con el Trabajador Social de la escuela. Recuerdo como si fuera ahora, que aun sentada en la oficina, al lado del nene, mantenía mis puños del coraje y respiraba de manera agitada. El Trabajador Social insistía en que debíamos arreglar y hacer las paces, pedirnos perdón mutuamente por lo ocurrido, que éramos niños y debíamos ser amigos. Me mantuve firme en que no tenía que pedir disculpas, no tenia que ser su amiga y que si tenía que “darle como pandereta” de nuevo, lo volvía a hacer. El Trabajador Social utilizó la estrategia de amedrentar con llamar a los padres, y no me intimidó en lo absoluto. Tenía bien claro que me defendí de un acto de acoso y una falta de respeto. Desde muy pequeña en mi casa me enseñaron a que debía respetar mi cuerpo y de la misma manera, otros tenían que respetarme. A mi corta edad, comprendí que a eso se referían mis padres.

Desde niña ya mi carácter y personalidad estaban formados, y en gran parte se la debo a la crianza que me dieron mis padres. Ellos sabían que habían cosas que podían moldear y que había otras que no. Para mí siempre fue bien claro distinguir los ‘red flags’ en el approach de las personas. Cuando recibí el primer papelito de un nene pidiéndome el sí y que marcara con una x, le pregunté a mi mama que significaba eso. Luego de explicarme le dije: “ya le dije que sí, y ahora no sé qué hacer”. ¡Es que el nene era lindo y por poner una x en un papel no me estaba poniendo en peligro!

La decisión sobre quien cruza tus límites y quien no la tenemos nosotras mismas. La decisión de acostarse con alguien la tenemos cada una de nosotras. Y si un día decimos que no, es NO. Porque el caminar sola en la calle, usar escotes, reírse, beber alcohol, el tipo de música, los lugares que frecuentes o la personalidad que tengas no son invitaciones a dejar aflorar las más bajas pasiones que puedan tener. El disfrute de nuestro cuerpo no debe ser el boleto para obtener empleos, mejores oportunidades laborales, salvarnos de multas de tránsito, ni para ningún otro acto que no sea el pleno disfrute de dos personas. Ningún poder político, económico o laboral da el derecho a acosar o violentar los derechos de nadie.

Finalizada la controversia por quien sería seleccionado como “2017 Person of The Year” en la revista Time, recibimos una noticia poderosa. Decidieron que las personas del año sean esas que se han atrevido a decir basta, las que se cansaron, las que se ajustaron los pantalones ante el machismo el abuso, la opresión y la represión y alzaron su voz. Porque ya basta de que se justifique el acoso y la violencia. Y hoy sentí emoción por la niña que fue violada, por la mujer que fue violada, por la niña que fue manoseada, por la mujer que fue manoseada, por la mujer que recibió un comentario ofensivo, por la humillación por la mujer que tuvo una propuesta indecente, por todas ellas, por mi sobrina, por las hijas de mis amigas y mis primas, por todas y cada una de las niñas que pueden ser víctimas potenciales del acoso y de la violencia. No todas tenemos la valentía, no todas fuimos creadas iguales. Pero hoy sé y confío en que si nos empoderamos y agarráramos al toro por las bolas, las historias que contaremos serán poderosas y acabaremos con el falso poder del patriarcado. ¡Hay que quitarle el poder al depredador y empoderar a la presa!