Maquillaje para el alma

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¡Bendito maquillaje que ocultas las imperfecciones aún en nuestros peores días! Hay días en los que despertamos ojerosas, con la piel opaca, con manchas de sol, o con impurezas y si los planes son quedarnos en casa, podemos estar tranquilas. Pero, ¿qué sucede cuando tenemos una reunión importante, un “date” con ese chico al que estamos conociendo o una fiesta? De inmediato corremos a nuestro estuche de maquillajes y utilizamos todos nuestros trucos de magia para quedar regias.

Hay otros días en los que abrimos los ojos y tenemos que hacer un esfuerzo sobrehumano para levantarnos de la cama. Tenemos heridas que aún no han cerrado. La ansiedad, la depresión, el coraje, la frustración y todos esos sentimientos negativos que crecen dentro de nosotras cuando las cosas no resultan como esperamos resaltan al mirarnos frente al espejo. No queremos salir por no exponer esa parte que no podemos tapar con maquillaje. El terror por mostrarnos vulnerables nos invade y en ocasiones hasta nos impide levantarnos de la cama.

No hay nadie que golpee más fuerte que la vida, ni el mejor boxeador del mundo. Los golpes causados por las embestidas de la vida nos dejan cicatrices que difícilmente se pueden borrar. Tememos mostrarlas porque hemos crecido pensando que las marcas de las cicatrices son feas, que debemos taparlas, ocultarlas y jamás enseñarlas al mundo. Eso es fácil con aquellas cicatrices visibles, las del cuerpo o la cara, pero que hacemos con las del alma. Ocultarlas no es opción, lo que callas te atormenta y poco a poco te consume.

Hace un tiempo leí en el libro “Little Bee” de Chris Cleave lo siguiente:

“Aquí mismo les pido, por favor, estar de acuerdo conmigo en que una cicatriz nunca es fea. Eso es lo que los fabricantes de cicatrices quieren que pensemos. Pero tú y yo tenemos que hacer un arreglo para desafiarlos. Debemos ver todas las cicatrices como belleza. ¿Bueno? Este será nuestro secreto. Porque no se forma una cicatriz en una persona moribunda. Una cicatriz significa que sobreviví. Unas pocas respiraciones y les hablaré algunas palabras tristes. Pero debes escucharlas de la misma manera que hemos acordado ver las cicatrices ahora. Las palabras tristes son sólo otra belleza. Una historia triste significa que este narrador está vivo. Lo siguiente que sabrás es que le pasará algo bueno, algo maravilloso, y luego se volverá a sonreír.”

Entonces comprendí que las cicatrices del alma debemos aceptarlas y aprender a sanarlas. El primer paso es aceptar que están ahí y abrazar esa lección de vida que nos dejó. Y luego tenemos que aprender a sanar porque la vida quiere que ganemos todas las batallas y que venzamos todas las adversidades. Así como buscamos el maquillaje perfecto para ocultar nuestras imperfecciones, busquemos las herramientas necesarias para sanar las heridas del alma. Nada va a cambiar el hecho de un desamor, de una desilusión, de una violación, del maltrato físico y emocional que te pudo haber causado otra persona, pero lo que haya sucedido ya no forma parte de nuestro presente y así como el calendario avanza, nosotros debemos movernos paso a paso.

Cambia de ambiente, sal a caminar, haz ejercicios, cambia tu alimentación, busca ayuda profesional o espiritual, deshazte de fotos y artículos que te traigan recuerdos dolorosos, tiñe o recórtate el pelo como quieras (en estos días me deshice de más de la mitad de mi pelo y la sensación de desprendimiento y libertad es WOW), haz amistades nuevas, lo que sea, pero busca  el ‘concealer’ y el ‘foundation’ que se ajuste a ti.  Y cuando te sientas que la vida te ha pateado más duro que nunca y que tus heridas se han abierto, vístete para matar, y píntate los labios rojos pasión y descubre el poder terapéutico que eso causa en ti.