Los regalos de María

Mami, ¿qué te gusta más, el día o la noche? Mi hijo menor, a menudo me hace esa pregunta. Sin dudarlo, siempre le contesto que me gusta más la noche por su tranquilidad, su silencio y su paz. Está en esa edad en la que no le encuentra sentido a dormir. Hace semanas que no me ha vuelto a preguntar. Si lo hiciera, le contestaria que la noche, excepto la madrugada del 20 de septiembre.
Debo confesar que nunca había sentido tanto miedo. Esa tranquilidad, seguridad y fortaleza que estaba transmitiendo a mi familia no era más que pura fachada. Desde que comenzaron las ráfagas, cada una de ellas helaba mi alma (nunca sentí calor). Uno de los nenes me pregunto cuando se despertó con el ruido del viento: “Mami, ¿tú tienes miedo?” Le conteste: “No, estamos seguros aquí dentro.” Con el corazón a punto de salir por mi boca y dudando si realmente estábamos seguros. El cielo aclaró un poco, por lo que supe que ya era de día, pero los vientos no cesaban. Una taza de café nunca me supo más amarga (aunque haya sido hecho por mi mama que hace el café más dulce que he probado en mi vida). Afuera las palmas se caían, los objetos volaban, puertas de cristal de los edificios vecinos se abrían. Y mientras tanto mis ojos solo veían los sueños de toda mi niñez y el sacrificio de mis padres volar por todas partes a unas millas de mi casa. Experimentar en carne propia la fuerza de ese fenómeno me hizo pensar que una vez todo pasara, ese hogar en el que nací, crecí y donde mis hijos se han criado, estaría reducido a escombros una vez pudiéramos llegar. Llegar hasta donde mis sobrinos y mi hermano seria casi imposible, pues las carreteras rurales estarían intransitables. Estaba sumida en estos pensamientos, los nenes se habían vuelto a dormir, mami se había vuelto a meter en el cuarto, cuando se intensifico aún más toda aquella pesadilla. Ante mis ojos, el viento luchaba por abrir la puerta de la sala y las puertas dentro de la casa vibraban con fuerza. En ese momento di por sentado que las puertas se abrirían y necesitaba moverme al lugar más seguro. Fui al baño, con sabanas improvisé una cama en el piso y con dulzura levanté los nenes de mi cama para meternos ahí dentro. Este se convirtió en nuestro refugio por las próximas horas. A mis papas los deje en el cuarto que menos se escuchaba lo que sucedía afuera, aunque a decir verdad mi mama apenas durmió escuchando noticias en las emisoras de radio y repitiendo una y mil veces “Ay mi casita”. Mi hijo mayor me dijo: “Mami te ayudo a meter las cosas de la sala en el cuarto para que no perdamos tantas cosas si se llegara a abrir la puerta.” Le explique que en ese momento lo importante era estar seguros y que las cosas materiales que perdiéramos las repondríamos poco a poco. Aproveche y bromee con el diciéndole que no íbamos a necesitar nada de las cosas electrónicas puesto que no tendríamos luz por muchísimo tiempo. Mi nene pequeño traía consigo una espada tipo light saver en la que decía que iba a cortar por la mitad las ráfagas. Fueron las horas más largas de mi vida.
En ese momento me sentí tan sola, aun rodeada de mi familia. Necesitaba a alguien que me abrazara y me dijera que todo iba a estar bien. Que no me preocupara. La soledad nunca me había golpeado tanto y se instaló a mi lado para hacerme compañía el día que menos la necesitaba de visita. Quería llorar tan fuerte que todo el terror que sentía saliera de mí. Imaginaba las personas que en ese momento se encontraban en peligro, perdiendo sus hogares por el viento o las inundaciones. Cerré mis ojos lo más fuerte que pude y respiré profundo varias veces mientras sentía el pánico llegando sin ser invitado. Esta vez no lo deje pasar de la puerta del baño y poco a poco comencé a controlar mi respiración, Me arme de valentía, salí del baño y me arrodille en mi cuarto a orar.
Al cabo de unas horas, poco a poco la intensidad de ese monstruo llamado Maria fue perdiendo fuerzas, entonces el agua comenzó a hacer estragos. Estuve un rato sacando agua del pasillo para evitar que entrara a la cocina. Observaba el semblante de frustración e impotencia en mis padres, probablemente imaginando su casa como yo la imaginaba. Aunque mi papa le decía a mi mama que no fuera tan pesimista, sus ojos delataban lo que en realidad estaba pensando. Cuando pudimos abrir la puerta, mi calle, que está llena de árboles y mucho verdor, parecía una zona de desastre Tal parece que, en vez de vientos, el huracán tenía antorchas encendidas en llamas y los arboles parecían quemados. Tantos videos, películas e imágenes y ahora estaba viendo todo eso a través de mis ojos. Todos estábamos en una especie de trance. Probablemente cada uno estaría preguntándose, al igual que yo, si todo aquello formaba parte de una pesadilla y al despertar nada de eso estaría pasando.
Así comenzó lo que sería el día uno de una nueva vida. Con las emociones trastocadas, rodeada de mi familia, pero sin poder llamar o enviar un mensaje al resto de las personas que amo. Comencé a enfrentar una de mis peores pesadillas: no poder comunicarme. Salí a los alrededores de mi casa, encendiendo y apagando el celular, a ver si en uno de esos intentos lograba comunicarme. No recuerdo cuantas veces lo intenté, pero al cabo de bastantes veces, me di por vencida y no lo volví a intentar. Basto dar una mirada a mi alrededor para entender que lo que me rodeaba y la vida tal y como era hace un día atrás había dado un giro inesperado y se acercaban momentos de cambios. La destrucción iba mas allá de árboles y palmas caídos. Fue ver la reserva, parque pasivo, parques de pelota y veredas por las que alguna vez caminé e hice ejercicio para despejar mi mente completamente destrozados. Cada metro que se movía el carro me daba cuenta que estábamos ante una realidad desastrosa. Familias removiendo escombros de lo que un día fue su hogar. Tirando todas las pertenencias a la basura y desprenderse de ellas para siempre. Camino a la casa de mis padres el miedo que tuve durante el huracán, estaba de regreso. Si había visto tantos hogares destruidos, incluyendo edificios comerciales, ¿Qué me hacía pensar que la casa de ellos había corrido mejor suerte? El rostro de impotencia, dolor, frustración y desolación de las personas que veía en la calle van a ser imágenes que jamás voy a poder borrar de mi mente. En mi mente iba tratando de internalizar toda esta situación, ir explicándole a mis hijos lo que estaban viendo y saber que iba a hacer una vez llegara a casa de mis padres. No me puedo imaginar que estarían pensando ellos en su carro mientras se acercaban a su casa. Finalmente llegamos y hubo una sensación agridulce entre ver que las pérdidas, aunque significativas, su hogar existía y había resistido la embestida del fenómeno natural más grande registrado en este país, y por otro lado ver el hogar de algunos vecinos destruidos. No sé si mis padres sintieron alivio o que, pues al ver sus rostros no supe identificar cual era el sentimiento. Puedo describirlo como una especie de shock.
Me invadía un sentimiento de impotencia y de incredulidad ante todo lo que estaba viendo a mi alrededor. Escuchaba noticias cada vez mas tormentosas. Familias en sus techos esperando que los rescataran ya que sus hogares se habían comenzado a inundar en lugares que no esperaban que llegara el agua. Familias que tuvieron que huir de sus hogares porque de repente el agua y el lodo rompieron cristales y ventanas y los hizo salir de su hogar a buscar un refugio en medio del huracán. Puentes y carreteras colapsados dejando inaccesibles muchísimas comunidades con infinidad de necesidades. María nos quitó lo que éramos, las comunicaciones, los adelantos, las carreteras, la electricidad, el agua, los suministros, los alimentos, las comodidades. No podemos decir que estuvimos preparados para una catástrofe como esta porque no lo estábamos, no hacia manera de estar preparados. A medida que fueron pasando los días las necesidades fueron aumentando.
• Filas interminables para echar gasolina, obtener dinero en efectivo de los cajeros automáticos, comprar comida, obtener medicamentos,
• Alimentos escaseando en los pocos supermercados que pudieron abrir las puertas para que las personas obtuvieran lo básico.
• Hospitales y farmacias cerradas.
• Personas dependientes de medicinas o respiradores o equipos médicos luchando minuto a minuto por su vida y probablemente con sus minutos contados,
• Personas que lo habían perdido todo y sin probar bocado en todo el día,
• Personas sin acceso al agua potable
• Miles y miles de personas clamando e implorando ayuda a las autoridades pertinentes o a ciudadanos que los ayudaran porque estaban sumidos en la desesperación.
• Escombros por doquier
• Personas enterrando a sus familiares en fosas comunes porque no tenían comunicaciones ni accesibilidad para llegar o llamar a una funeraria.
• Establecimientos comerciales saqueados
• Miles y miles de personas huyendo del país
• Comunicaciones sin poder restablecerse
• Bancos y cajeros automáticos cerrados para poder obtener dinero en efectivo.
• Empresas anunciando su cierre y despidos masivos.
• Desolación y desesperación porque las ayudas necesarias a las comunidades no llegan
• Familiares y amigos en la diáspora vivían con nosotros, aunque a lo lejos, toda esta encrucijada, deseando hacer algo por nosotros, sin tener noticias nuestras, sin poder contactarnos y sintiéndose impotentes de no poder hacer mucho
Podría seguir mencionando miles de situaciones más y no termino. Si me volvieran a preguntar de nuevo que si estoy preparada para el huracán, mi respuesta sería no. Creía que haber comprado linternas, baterías, estufita de gas (para la que luego se me hacía casi imposible conseguirle el gas), almacene agua potable, tenía dinero en efectivo en casa de necesitarlo, comprar alimentos que no se dañan y suficientes suministros para varios días, era suficiente, pero hoy sé que nada iba a ser suficiente. Lo que si se es que María pudo habernos quitado mucho, pero también nos devolvió demasiado. Esta prueba que nos han dado es extrema, pero hemos sido resilientes.
Maria nos devolvió:
• El sentido de comunidad.
• La confraternización
• La unidad
• La comunicación real y de manera verbal con otros. Los mensajes de texto fueron remplazados por notitas en papel para que alguien supiera que lo fuimos a visitar para saber de ellos o le dejamos algo. Uno de estos días, encontré una en mi apartamento que me hizo llorar por un rato lamentando no haber podido estar. ¡Deseaba tanto poder abrazar a esa persona!
• La infancia a nuestros niños
• Las agallas para ajustarnos los pantalones (o las faldas) y dejarnos de vivir del cuento. O salimos a buscar lo que necesitamos o nos morimos. Nos tocó caminar a pie para ir a comer y de esa manera no hacer mal uso de la gasolina en nuestros carros.
• El valor de las cosas que poseemos y apreciar el sacrificio que nos ha costado tenerlas. Tantos objetos de valor que poseemos y verlos ahora en desuso nos hace comprender cuanto hemos gastado en lujos, en cosas innecesarias o en objetos que nos llenas de satisfacción haberlos adquirido.
• El desprendimiento y nos enseñó que más de la mitad de las cosas que poseemos no son necesarias y que ni aun teniendo dinero en el bolsillo es significado de ventaja para ayudarnos a salir airosos de esta.
• La sencillez para que aprendamos a vivir sin lujos ni comodidades. En la mayoría de los hogares no hay luz ni existe la posibilidad de poseer un generador por lo que no hay blower, ni plancha, ni lavadoras, ni secadoras, ni plancha de ropa, ni aire acondicionado. Hace tanto calor que apenas se utiliza el maquillaje. Ni hablar de la ropa, hay que lavarla a mano, así que no hay mahones que valgan.
• La humildad para aceptar cualquier ayuda que nos brinden (transportación, comida, agua, hielo. Nunca nos había hecho tan feliz que alguien nos dijera: “te traje agua fría.” Cuando regreso del trabajo y una vecina me dice: “Edmarie, ¡te tengo un regalito!, grito de la alegría porque sé que es un poquito de hielo para que al otro día los nenes puedan llevar juguitos y agua fría para su merienda. Y mis amigas cuando se aparecen con hielo o galones de agua congelados para que pueda enfriar otras cosas son los mejores regalos que pudiera recibir en este momento. Nuestros familiares y amigos que viven fuera del país se han desbordado en ayudas y no cesan de preguntar que nos hace falta. Algunos incluso nos han pedido que nos vayamos con ellos un tiempo o que nos tomemos unos días. ¡La vida no me va a alcanzar para agradecerles cada una de las muestras de apoyo de cada persona!
• La paciencia para esperar por lo que queremos y si desesperamos se nos hace mas largo el tiempo. Es drenante la gran cantidad de tiempo que nos toma realizar una actividad que en el pasado nos tomaba minutos e incluso un solo “click”.
• La capacidad de saber apreciar nuestra isla. Nunca habíamos añorado tanto el canto del coquí, el verde de las hojas de los arboles (así sea de un árbol de “meaito” o de un tamarindo que en algún momento querías tumbar con tus propias manos). Basto con que viéramos el daño que hicieron las ráfagas, que tal parece que en vez de viento era fuego. Pero nuestra naturaleza nos ha demostrado como se sobrevive. ¿O es que acaso no han visto que donde todo estaba de colores muertos, el verdor va renaciendo?
• La solidaridad y nos enseñó a compartir lo que tenemos con los demás. Un galón de agua fría o una bolsa de hielo nunca había rendido para tantas personas, como ahora que tenemos la conciencia de que no tenemos donde conservarlo frio y si nos lo quedamos para nosotros solos, eventualmente nos lo tomaremos tibio. Ofrecer tu casa, tu baño, tu lavadora (así sea el modelo nuevo manual) para que la utilice algún familiar o amigo que no tenga.
• La necesidad de los abrazos y el calor que brinda el abrazo en el momento perfecto.
• El valor de un plato de comida caliente a diario. ¡Nunca me había sentido más afortunada de poder cocinar y comerme un plato de arroz y habichuelas!
• El valor y la bendición de contar con un empleo que nos permita llevar el sustento a nuestro hogar. Muchas personas están en la incertidumbre de sus trabajos, e incluso los han perdido. Conservar el empleo es una gran bendición. Debemos ser agradecido, aunque sea difícil, aunque nos hayan sacado de nuestra zona de confort.
• Las tertulias entre vecinos y amigos hasta que el cansancio nos venza. Esto ocurre alrededor de las 8 de la noche y si dan las 9 de la noche, nos sentimos como en esos días cuando nos amanecíamos en algún ‘jangueo’.
• El disfrute de un aguacero y correr bajo la lluvia. Basto estar dos días corridos sin agua para aprovechar y correr a bañarnos y lavarnos el pelo aprovechando el agua que nos brindaba el aguacero. Hemos permitido a nuestros niños correr y disfrutar la mayoría de los aguaceros sin estar impidiéndoselo para que no se enfermen.
• La dicha de ver a los niños soltar y olvidarse de los juegos electrónicos y jugar entre ellos, hacer amistad, y volverse inseparables día y noche buscando aventuras.
• La esperanza, la fe y la fortaleza para levantarnos
• El valor de cada minuto al lado de las personas que amamos

Hoy, varios días después de esa noche tan fatídica, me doy cuenta de que María nos quitó muchísimas cosas y nos devolvió muchísimas más. Algunos días son menos difíciles que otros, hay días en que nos sumimos en la incertidumbre, en la desesperación, en la agonía, en el pesimismo. Eso es normal y está permitido. Está permitido llorar, está permitido gritar, está permitido ‘encojonarse’. ¡Tenemos derecho! Lloremos, gritemos y con esa misma furia saquemos pecho y defendamos lo nuestro. Salgamos adelante y saquemos adelante nuestro país. No juzguemos a los que se están montando en aviones huyendo de la situación, porque se requiere de mucha valentía dejar muchísimas cosas atrás (a los que se van a aventurar, a huir de responsabilidades y a convertirse en una carga para otros, a esos si critiquémoslo, y digámosle que les falto valentía, coraje y agallas para aguantar). En la diáspora miles de puertorriqueños que hace algún tiempo decidieron irse a buscar mejor suerte se han desbordado en ayudas y si somos realistas, si no fuera por ellos, por la clase artística y por las personas que se han unido para ayudarse entre ellos mismos creando fundaciones, el panorama fuera más desolador aún.
Nuestras decisiones van a eliminar nuestras quejas. El quejarnos es una decisión de por si, en la medida en que nos regodeemos en el lamento en vez de buscar soluciones, jamás lograremos sobreponernos a las adversidades. Todos tenemos una historia diferente, abracemos en solidaridad y no hagamos menos la angustia de otros. No es momento de crear protagonismo por creernos que la cruz que llevamos a cuestas es más pesada que la de otro. Hoy todos somos uno, María nos devolvió la simpleza del amor a los pequeños detalles tan sencillos como un “aquí estoy para lo que necesites.”
Pd: Mi familia y yo estamos bien. Mi papa arropa la cisterna todas las noches con toldo plástico desde las noticias de la leptospirosis, no duerme bien velando que no se trepe algún ratón. Por el día la destapa para que el sol le de directo y el agua se caliente (calentador solar). Mi mama por fin pudo ir a Marshalls, esa es su terapia, y aunque la fila de Walmart esta del cara’ ella la hace todas las veces que sea necesarias, total no hay luz en la casa para ver TV. Mis hermanos están bien. El menor hace unos meses se había mudado a la Florida por un contrato de trabajo y hace unos días me toco despedirme de mis sobrinos. Al igual que cuando mi hermano se fue, no me quise despedir, porque no tengo la fortaleza que ellos necesitan que se les transmita, pero yo sé que es para progresar y para estar todos juntitos. Así que somos parte de esas familias que se quedan incompletas por la crisis en el país. Los nenes ya no se pelean por el Xbox, ahora se pelean por quien se baña primero y aprovecha el agua calientita que pueda haber en la tubería. Derek ya puede dormirse sin night lamp y se baña con el agua como salga del grifo, aunque la mayoría de las veces sale seco. Yo estoy bien, me levanto todos los días agradecida porque no tuve pérdidas significativas y muy contenta y motivada a estar en los tapones. Mi intención de hacer algo diferente al menos una vez al mes se está cumpliendo (Papa Dios, un tapón de casi cuatro horas era suficiente, ya está bueno). Aprendí a sustituir el ruido del abanico o el aire acondicionado por los generadores eléctricos de los vecinos. Llevo noches pensando comprar un generador silencioso y alquilar una manguera de agua a presión para desquitarme de los guardias de seguridad de la Urbanización vecina. Cada vez que paso por el lado de una gasolinera sin carros y mi tanque no está lleno, me paro y echo porque vivo con miedo de tener que volver a hacer una fila kilométrica. Y no he vuelto a hacer ejercicios por miedo a que una vez termine, abra la pluma y no salga agua.