La Niña de los Dos Moñitos y Medias con Puntilla

¡Se acabaron las vacaciones! Hay que hacer todo temprano porque mañana se regresa al ajetreo diario. Hay que dejar todo preparado para el primer día de clases, para que en la mañana todo sea más fácil. Todos deben bañarse temprano e irse temprano a la cama. El bulto ya está preparado con las libretas “Jean Book”, libro de pintar de “Precious Moments”, cartuchera, lápices (con suerte mecánicos de “Hello Kitty”), goma de borrar y crayones. La lonchera ya tiene adentro las galletas de guineo con el ‘marshmallow’ en el medio para la primera merienda y las “Bimbo” para la de la tarde. El termo con el jugo ‘del rojo’ está en la nevera enfriándose y el “Frutsi” para la merienda de la tarde está en el ‘freezer’. En la lonchera con la cara de “Mickey Mouse” no cabe casi nada, así que el termo debe ir en el bulto.

“Lávate el pelo para ‘espulgarte’ bien, no vaya a ser que la partidura de los dos moñitos parezca una autopista de piojos y liendres.” Al salir de la ducha, la ‘t-shirt’ blanca estirada encima de la cama y la peinilla me anunciaban el dolor de cuello que tendría por varios minutos, aunque no tuviera nada en la cabeza. Creo que era un desquite de mi mamá y en ocasiones una de mis tías por lo incordia que yo era (hay personas que aseguran que aún lo soy), porque me cepillaban el pelo tan duro como si mi cabeza fuera la de una minga, era una excusa para desquitarse. A veces pensaba que en vez de algún piojito o liendres buscaban un dinosaurio, oro o algo que tuviese escondido en mi pelo. Era un trauma, al mínimo picor en la cabeza ya me imaginaba que estaba “cundía” de piojos. En ocasiones si me picaba, escondida iba y me hacia el ritual yo misma, pero no decía nada. Pero ese ritual era parte de la preparación de la noche antes de empezar las clases. ¡Ay de que llegara a caer algo! Porque la mezcla de vinagre con aceite de oliva y no sé cuántas cosas más era una cosa terrible, pasaban los meses y el olor aun lo sentías en la nariz.

Cuando estaba mas grandecita, era bien independiente así que buscaba mi uniforme estilo ‘jumper’ hecho por una diseñadora (una excompañera de trabajo de mi mamá que nos cosía los uniformes y trajes de actividades), mi polo “Wrangler” o “American Project’, mis zapatos escolares de “Pimpolín” (de la mesa con mantel rojo de los especiales), mis medias escolares con una puntilla alrededor y los dos lazos para cada moño, si iba con el pelo recogido o la diadema forrada en rosas artificiales color rosa pálido y ‘baby breath’. Olvidaba una pieza de ropa muy importante, el ‘panty’, con el día de la semana escrito al frente. Un detalle curioso de esta prenda de ropa era que si “Kmart” había puesto el cajón de paquetes abiertos de ropa interior y medias de los que las personas rompían, probablemente tenía 5 ‘panties’ de “Domingo”. ¡Porque estaban a peseta y había que aprovechar el especial! “Mami no me lo quiero poner, es jueves.” “Pues te lo pones porque eso nadie te lo va a ver, cuando usted se compre sus cosas, exige.”.

El momento de peinarme era un momento hermoso entre pelear con mi mamá porque quería cierto peinado y pedirle que no me halara el pelo. Pero quedaba hermosa y mi mamá orgullosa: una ola en la pollina que ni un tornado tumbaba y dos moñitos con unos lazos del tamaño de moña de árbol de navidad en cada uno, hecho por alguna de las madres de mis amiguitas. Antes de salir había que capturar el momento y yo posaba feliz y picoreta con una sonrisa. Veia a mi papa rogando que cuando revelara el rollo, la foto quedara bien, pues esa sería la foto que guardarían de recuerdo, por eso para asegurarse tiraba al menos una con su cámara instantanea. Iba contenta camino a la escuela, “como puerco robao’ porque mi mamá salía tarde de la casa, y en el carro sucedían muchas cosas camino a la escuela. Algo que nunca faltaba era la oración de la mañana. Llegaba a la escuela contenta porque me gustaba. Ahora me llamarían ‘nerd’, pero en aquel entonces era estofona. Era la oportunidad de conocer nuevos amigos, de volver a compartir con los viejos amigos, de aprender nuevas cosas, pero sobre todo: de tomar libros prestados en la biblioteca, envolverme en cuanta actividad extracurricular hubiese y ofrecerme de voluntaria para lo que fuera, asi fuera para disfrazarme de bolsa de papel.

Las compras para el ‘back to school’ se hacían en familia teniendo bien claro que podíamos pedir algunas cosas, pero nuestros padres nos comprarían lo que ellos decidieran. Se iba al casco urbano de los pueblos a comprar las cosas, si no se encontraba todo en el pueblo, se iba en carro público hasta otro pueblo para terminar las compras. La competencia por quien llevaba mejores cosas no existía. Yo nunca lo note, no me criaron con esa mentalidad. Al menos esa fue mi experiencia y por eso vivo agradecida de ser producto del sistema público del país. Podía ver compañeros que tenían cosas en exceso y que sus padres contaban con los recursos suficientes para que tuvieran artículos carísimos, pero veía otros que el primer día de clases iban con los zapatos rotos o doblando la parte de atrás porque ya no le servian, las camisas manchadas, despeinados y sin meriendas. Mientras la noche anterior a mí me habían tenido bajo la tortura de la peinilla y la ‘t-shirt’ blanca, tenía compañeras que no conocían esa tortura y probablemente a sus madres ni les importaba.

El primer día de clases era para conocernos, para contarnos las experiencias del verano, para dar las normas del salón, para asignarnos un pupitre para todo el año escolar (nunca tuve uno por mucho tiempo, por alguna extraña razón rotaba por varios pupitres) y para prepararnos para el semestre. Tomábamos las pruebas diagnósticas para medir nuestros conocimientos, y al menos yo las tomaba como una prueba super importante, de vida o muerte. Si la maestra tenía que salir un momento, dejaba a alguien a cargo, usualmente al más disciplinado del salón, y ese se encargaba de anotar en la pizarra el nombre de quien no siguiera las normas. Al terminar los trabajos había que colorear en algún libro, hacer palabra gramas o ponernos a leer algún cuento. Yo terminaba todas mis cosas rápido y me aburría y como era platicadora, molestaba a los demás. Hoy día, hubiesen llamado a mis padres todos los días, me hubiesen enviado a hacer evaluaciones y probablemente me hubiesen diagnositcado alguna modalidad de problemas de aprendizaje. En aquellos días la maestra me daba tareas adicionales, me pedía que le ayudara a otro compañero, o cualquier otra cosa que me mantuviera ocupada y si había que disciplinar un reglazo podía solucionarlo.

Todas estas memorias llegaron a mí mientras miraba con detenimiento el larguísimo listado de materiales y libros de mis hijos y analizaba cual tienda era la mejor opción para realizar las compras sin tener que dar miles de vueltas. Al final decidi comprar unas cosas en el pueblo y otras en el centro comercial. “Yo no voy a ser el único con un ‘Totto’ si todos los demás tienen el ‘Zuca’ de las bolas de soccer, me compras ese”, escuché a un niño de algunos 9 años decirle a su mamá. La historia se repetía en distintas tiendas. El consumismo y la competencia nos han llevado a criar niños superficiales. Porque lo importante no es iniciar el semestre si no ir a lucir las cosas. Estamos pendientes a lo que la vecina le compra a su hijo o al nieto, para correr a la tienda y comprarle algo mejor y jactarse con los demás. Las redes sociales promueven una imagen de felicidad asociada a cargar encima con logos y marcas, y les da un mensaje a ellos de que para ser aceptados y queridos, todo eso es necesario. Mi chico ya está creciendo, y con él llevo un balance entre lo que puedo y lo que debo darle. Gracias a Dios y a mis padres nunca me falto nada, así que no llevo ese complejo de que “quiero darle a mis hijos lo que mis padres no me pudieron dar”. Analizo las cosas que le compro y primero evalua si realmente es necesario, si vale la pena y primordialmente si es capaz y responsable como para que yo haga la inversión que sea. NO se trata de la cantidad de dinero, aunque en ocasiones si es la razón primordial, se trata de lo que es apropiado para la edad y para su formación como persona. Este año quería un par de tenis para el uniforme de educación física cuyo precio estaba fuera del límite que estoy dispuesta a pagar. Como sé que tiene dinero guardado, negocié con él, que si no quería transar por otros, tendría que comprárselos con su dinero. “Pero me voy a quedar sin nada guardado”. A lo que le respondí: “lo mismo pasa en mi cuenta de banco”. Y así lo hizo, los compro, se quedo sin nada y ahora anda botando la basura todas las veces que pueda para obtener mesada semanal si cumple con ciertas tareas. Quizá un poco exagerado de mi parte, pero yo lo veo como una enseñanza. Sé que cada vez que corra o juegue baloncesto en la escuela, y vea como terminan sus zapatos va a recordar que el los compro con su dinero y los va a valorar más.

La niña de la ola, los dos moñitos y las medias de colores con puntilla salió corriendo, sin escuchar que la maestra les dijo: “No corran como caballitos que esto no es el hipódromo”, hacia su mamá (la meta era llegar a su destino antes que el timbre dejara de sonar, de repente se detuvo porque la lonchera de la cara de Mickey se le abrió y se le callo todo lo que quedaba adentro, le dio un beso a su mamá pidiéndole la bendición y le dijo: “Mami no me tomé el jugo del termo porque estaba caliente y se me viró en el bulto.” Y así pasaba el año escolar, con las libretas, pintadas de jugo “del rojo” para que aprendiera a cuidar las cosas. No conocemos el valor de las cosas hasta que las compramos nosotros. No sabemos el sacrificio que hacen los padres hasta que nos toca ir de compras escolares. No sabemos lo bendecidos que somos hasta que estamos de compras escolares para nuestros hijos y ves el balance en tu cuanta de bancos bajar cada momento. Y de repente recibes un mensaje con unas fotos que te rompen el corazón de unos niños que no tienen nada para su regreso a clases, viviendo en unas condiciones infrahumanas y que aun así quieren ir a la escuela. Eso se vive en nuestro país, eso lo vivían algunos de mis compañeros y yo me siento bendecida infinitamente porque ni mis hijos, ni yo, hemos pasado por eso. Dejemos de competir por qué hijo se ve más vistoso en este ‘back to school’, durante el semestre o al finalizar. Enseñémosle mejor a ser empáticos y que si a algún compañero le falta un lápiz o le falta merienda, deben compartir. Porque para que un niño aprenda, se destaque y sobresalga, no va a necesitar el premio del mejor vestido, si no lo que su intelecto e inteligencia lo llevan a alcanzar. Porque para ser realmente grandes hay que estar con los demás, no por encima de nadie.

One comment

  1. Sonivellisse Collazo · August 10, 2017

    He disfrutado mucho esta lectura. Me pongo a recordar y pensar en esos años y en todas esas cosas que cuentas. Definitivamente, los tiempos han cambiado mucho. Es una lástima que nos importe más la marca de ropa y materiales que puede llevar mi hijo a la escuela, que la preparación de un ciudadano justo, responsable y empático. Enfrentamos una realidad muy dura y triste, sin embargo los cambios comienzan en el hogar, te felicito por tu iniciativa con tu hijo. Yo hubiese hecho lo mismo.

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