En Morovis No

Había pasado mucho tiempo desde la última vez que nos vimos. A algunos, las redes sociales nos han mantenido en contacto. De esta manera hemos podido presenciar bodas, divorcios, noviazgos, decepciones, frustraciones, nacimientos, éxitos, triunfos, alegrías, mudanzas, anécdotas, ocurrencias, en fin, todo lo que una persona comparte en sus redes sociales. Y aunque la tecnología nos mantiene unidos, necesitábamos de ese calor que proporciona un abrazo, un saludo, una charla, un rato ameno, como si el tiempo no hubiese pasado.

¿Que nos mueve a asistir a un reencuentro con nuestros ex compañeros de escuela superior? Hay una etapa en la que queremos ir a ver quién se puso gordo, a quien le va bien, a quien le va mal, quien ha hecho algo con su vida, quien se ha quedado estancado. Algunos van a presumir su trabajo, su pareja (aunque dentro de sí sepa que no es feliz), su familia, su casa, su carro, lo cómodo que vive sin preocupaciones y sin ninguna responsabilidad en su vida y en ocasiones hasta inventan una vida totalmente distinta a la realidad. Llegada la fecha, hora y lugar acordados, encontramos grupitos regados por varias esquinas del lugar. Compartimos con las mismas personas con las que ocasionalmente o a menudo nos encontramos, porque en el otro grupo hay alguien que nos cae mal. No recordamos por qué o quizá hasta lo recordemos, pero forma parte del pasado. O en otro grupo está presente la persona con la que tuvimos una relación ya sea de pareja o de amistad y por razones que no vienen al caso, terminó y se quedaron heridas abiertas y no terminaron bien. Podemos ver una infinidad de panoramas bajo un mismo techo. Aunque todos disfrutan, se saludan o cruzan palabras, no hay una confraternización real. La noche transcurre entre miradas de un lado a otro, una que otra sonrisa por cortesía, incluso una que otra mirada de esas que matan. El exceso de alcohol, música, bromas de mal gusto y altercados entre algunos, quedan grabados en nuestra memoria y poco a poco nos vamos retirando, sintiéndonos superiores o inferiores a los demás.

Conforme pasa el tiempo, vamos adquiriendo madurez (esto no necesariamente ocurre con todo el mundo) y nuestra mentalidad cambia. Soltamos poco a poco las viejas heridas, las rencillas, le comenzamos a dar prioridad a otras cosas, nuestros intereses cambian, la forma de ver la vida cambia. La vida nos va colocando en el lugar al que vamos destinados a estar. Un día, nos topamos de frente con alguien, a quien en otro momento le esquivaríamos la mirada, pero esta vez se escapa un “hola” de nuestros labios, una sonrisa y una extraña alegría por encontrarte a esa persona. Vamos acercándonos a más personas porque entramos en una etapa donde lo importante es sumar, no restar. Esto crea en nuestro ser una llamita de nostalgia que nos inunda de deseos de compartir un ratito con aquellos que nos conocieron cuando no teníamos nada propio, cuando usábamos todos los días la misma ropa, cuando nuestro almuerzo era el del comedor, de ‘La Cárcel’, de ‘La Donera’, de la guagüita de pizzas o de ‘los chinos’. Queremos sentarnos un rato a hablar como cuando nos sentábamos en ‘la glorieta’, en ‘la esquina de cuarto año’ y a lo mejor algunos quieren recordar cuando se iban a “la media luna’. Queremos recordar las anécdotas bonitas, y las no tan bonitas, pero que forman parte de nuestra historia. Queremos recordar lo que éramos, o que alguien nos recuerde lo que hemos olvidado o lo que hemos querido olvidar, eso que nos hace ser quien somos ahora. Incluso queremos que nos pregunten: “¿te acuerdas cuando te gustaba fulan@? O hasta queremos recordar los carros que rondaban la escuela con la música sonando a todo volumen, tan alto que la vibración se sentía en el piso del ‘Planetario’ y las ventanas de los salones de química vibraban. El repertorio de canciones incluía canciones como “En La Disco Bailoteo” de Wisin y Yandel, “Cógela que Va sin Jockey” de Yankee. Alguno que otro maleante frustrado pasaba con “Mami Yo Quisiera Quedarme” y otro despechado escuchaba “A Ella Quien la Vio Llorar Fui Yo” o “Aunque Te Fuiste” de Don Omar y “Ya Me Cansé” de Yandel. Otros grupos escuchaban “Bring Me to Live”, “Going Under”, “My Immortal” de Evanescence, “Somewhere I Belong” de Linkin Park. Los fanáticos del rock en español “Mariposa Traicionera” de Mana y “El último Polvo” de Caramelos de Cianuro. Los enamorados o con sus corazones rotos escuchaban “Mientes Tan Bien” de Sin Bandera, “EL Problema” de Ricardo Arjona o “Fotografía” de Juanes y Nelly Furtado, Recordar el talento de nuestros compañeros “Chayanne”, “Britney”, “Thalía”, “Olga Tañón” y aunque la Muchas de las personas con las que estudiamos aún viven en el país, otras se han ido a otros países a echar pa’ lante a su familia o en busca de una mejor calidad de vida, y otros lamentablemente no forman parte de este mundo terrenal. Volver a reencontrarnos se vuelve casi imposible. ¡Nuestra clase era enorme! De la misma manera que algunos sí deseamos mantener contacto o volver a vernos al menos un día, hay personas a las que eso no les interesa, y también se les respeta porque es su manera de ser. Las agendas y compromisos de cada uno son distintos, pero finalmente se acordó día y lugar. Rápidamente me puse en contacto con mis amigas más ‘close’ para confirmar que iban y cuadrar un “girls night out” de una vez (dos pájaros de un tiro). Llegado el día, los mensajes de texto de “¿a qué hora bajas?”,”¿qué te vas a poner?” fueron recibidos desde temprano. Algunos no pudieron llegar, otros dijeron presente. Al llegar al lugar se sentía un ambiente de alegría. Contrario a otros años, hubo mayor confraternización y las vibras eran las mejores. El lugar era perfecto para los compañeros que, de haber sido en otro lugar, no habrían asistido. Fue un grupo pequeño, pero a decir verdad, se pasó muy bien. Como siempre, hubo quien se quedó distante a los demás. Al cabo de algún tiempo, poco a poco fueron retirándose del lugar y otros llegando. Terminó la banda de tocar, con la que hasta uno de los más calladitos, armado de valor (de ese que nos entra luego de par de tragos), canto a dúo con otra de las chicas. El intento en buscar música de nuestra época entro en discusión, porque habíamos unas que no queríamos reguetón. “Que no sea reguetón, ni Romeo, ni trap, aparte de eso, cualquier música.” A lo que alguien contestó: ¿De cuándo acá no te gusta esa música? Me imagino que si estas por San Juan hasta la bailas.” La contestación inmediata fue: “Sí, pero en Morovis NO”. Las risas no se hicieron esperar. Y alguien dijo: “No sé por qué pero creo que ella va a escribir algo de esto.”

Ya era hora de irse y contrario a otras veces, todos estaban aptos para guiar. No hubo planes de afterparty y a donde estaba abierto a esa hora, sino un “Vamos a cuadrar para llevar los nenes al circo”. O un “suave por ahí, que llegues bien.” Cada quien se marchó del lugar, algunos a su casa, algunos a su trabajo y otras, como yo, a mis compromisos con Netflix. Camino a casa di gracias, por esa noche. Sentí una alegría inmensa al ver el cambio de muchas personas, de esos cambios que sabes que son genuinos. Me dio tristeza no haber podido compartir con algunos de los que no pudieron asistir y hubiese querido que estuvieran ahí. Me dio tristeza ver, como algunas personas viven aferradas a un pasado y eso les impide seguir a delante y soltar esa carga que se produce cuando tienes un malestar con alguien. Y sentí una infinita alegría de ver que un pueblito donde durante algún tiempo se ha destacado aspectos negativos como los robos, asesinatos problemas de luz, de agua, de hoyos en las carreteras, poco a poco se vaya levantando y que los que estamos haciendo algo positivo y aportando al país somos más. ¡Goostreshmy, que se repita!

La Niña de los Dos Moñitos y Medias con Puntilla

¡Se acabaron las vacaciones! Hay que hacer todo temprano porque mañana se regresa al ajetreo diario. Hay que dejar todo preparado para el primer día de clases, para que en la mañana todo sea más fácil. Todos deben bañarse temprano e irse temprano a la cama. El bulto ya está preparado con las libretas “Jean Book”, libro de pintar de “Precious Moments”, cartuchera, lápices (con suerte mecánicos de “Hello Kitty”), goma de borrar y crayones. La lonchera ya tiene adentro las galletas de guineo con el ‘marshmallow’ en el medio para la primera merienda y las “Bimbo” para la de la tarde. El termo con el jugo ‘del rojo’ está en la nevera enfriándose y el “Frutsi” para la merienda de la tarde está en el ‘freezer’. En la lonchera con la cara de “Mickey Mouse” no cabe casi nada, así que el termo debe ir en el bulto.

“Lávate el pelo para ‘espulgarte’ bien, no vaya a ser que la partidura de los dos moñitos parezca una autopista de piojos y liendres.” Al salir de la ducha, la ‘t-shirt’ blanca estirada encima de la cama y la peinilla me anunciaban el dolor de cuello que tendría por varios minutos, aunque no tuviera nada en la cabeza. Creo que era un desquite de mi mamá y en ocasiones una de mis tías por lo incordia que yo era (hay personas que aseguran que aún lo soy), porque me cepillaban el pelo tan duro como si mi cabeza fuera la de una minga, era una excusa para desquitarse. A veces pensaba que en vez de algún piojito o liendres buscaban un dinosaurio, oro o algo que tuviese escondido en mi pelo. Era un trauma, al mínimo picor en la cabeza ya me imaginaba que estaba “cundía” de piojos. En ocasiones si me picaba, escondida iba y me hacia el ritual yo misma, pero no decía nada. Pero ese ritual era parte de la preparación de la noche antes de empezar las clases. ¡Ay de que llegara a caer algo! Porque la mezcla de vinagre con aceite de oliva y no sé cuántas cosas más era una cosa terrible, pasaban los meses y el olor aun lo sentías en la nariz.

Cuando estaba mas grandecita, era bien independiente así que buscaba mi uniforme estilo ‘jumper’ hecho por una diseñadora (una excompañera de trabajo de mi mamá que nos cosía los uniformes y trajes de actividades), mi polo “Wrangler” o “American Project’, mis zapatos escolares de “Pimpolín” (de la mesa con mantel rojo de los especiales), mis medias escolares con una puntilla alrededor y los dos lazos para cada moño, si iba con el pelo recogido o la diadema forrada en rosas artificiales color rosa pálido y ‘baby breath’. Olvidaba una pieza de ropa muy importante, el ‘panty’, con el día de la semana escrito al frente. Un detalle curioso de esta prenda de ropa era que si “Kmart” había puesto el cajón de paquetes abiertos de ropa interior y medias de los que las personas rompían, probablemente tenía 5 ‘panties’ de “Domingo”. ¡Porque estaban a peseta y había que aprovechar el especial! “Mami no me lo quiero poner, es jueves.” “Pues te lo pones porque eso nadie te lo va a ver, cuando usted se compre sus cosas, exige.”.

El momento de peinarme era un momento hermoso entre pelear con mi mamá porque quería cierto peinado y pedirle que no me halara el pelo. Pero quedaba hermosa y mi mamá orgullosa: una ola en la pollina que ni un tornado tumbaba y dos moñitos con unos lazos del tamaño de moña de árbol de navidad en cada uno, hecho por alguna de las madres de mis amiguitas. Antes de salir había que capturar el momento y yo posaba feliz y picoreta con una sonrisa. Veia a mi papa rogando que cuando revelara el rollo, la foto quedara bien, pues esa sería la foto que guardarían de recuerdo, por eso para asegurarse tiraba al menos una con su cámara instantanea. Iba contenta camino a la escuela, “como puerco robao’ porque mi mamá salía tarde de la casa, y en el carro sucedían muchas cosas camino a la escuela. Algo que nunca faltaba era la oración de la mañana. Llegaba a la escuela contenta porque me gustaba. Ahora me llamarían ‘nerd’, pero en aquel entonces era estofona. Era la oportunidad de conocer nuevos amigos, de volver a compartir con los viejos amigos, de aprender nuevas cosas, pero sobre todo: de tomar libros prestados en la biblioteca, envolverme en cuanta actividad extracurricular hubiese y ofrecerme de voluntaria para lo que fuera, asi fuera para disfrazarme de bolsa de papel.

Las compras para el ‘back to school’ se hacían en familia teniendo bien claro que podíamos pedir algunas cosas, pero nuestros padres nos comprarían lo que ellos decidieran. Se iba al casco urbano de los pueblos a comprar las cosas, si no se encontraba todo en el pueblo, se iba en carro público hasta otro pueblo para terminar las compras. La competencia por quien llevaba mejores cosas no existía. Yo nunca lo note, no me criaron con esa mentalidad. Al menos esa fue mi experiencia y por eso vivo agradecida de ser producto del sistema público del país. Podía ver compañeros que tenían cosas en exceso y que sus padres contaban con los recursos suficientes para que tuvieran artículos carísimos, pero veía otros que el primer día de clases iban con los zapatos rotos o doblando la parte de atrás porque ya no le servian, las camisas manchadas, despeinados y sin meriendas. Mientras la noche anterior a mí me habían tenido bajo la tortura de la peinilla y la ‘t-shirt’ blanca, tenía compañeras que no conocían esa tortura y probablemente a sus madres ni les importaba.

El primer día de clases era para conocernos, para contarnos las experiencias del verano, para dar las normas del salón, para asignarnos un pupitre para todo el año escolar (nunca tuve uno por mucho tiempo, por alguna extraña razón rotaba por varios pupitres) y para prepararnos para el semestre. Tomábamos las pruebas diagnósticas para medir nuestros conocimientos, y al menos yo las tomaba como una prueba super importante, de vida o muerte. Si la maestra tenía que salir un momento, dejaba a alguien a cargo, usualmente al más disciplinado del salón, y ese se encargaba de anotar en la pizarra el nombre de quien no siguiera las normas. Al terminar los trabajos había que colorear en algún libro, hacer palabra gramas o ponernos a leer algún cuento. Yo terminaba todas mis cosas rápido y me aburría y como era platicadora, molestaba a los demás. Hoy día, hubiesen llamado a mis padres todos los días, me hubiesen enviado a hacer evaluaciones y probablemente me hubiesen diagnositcado alguna modalidad de problemas de aprendizaje. En aquellos días la maestra me daba tareas adicionales, me pedía que le ayudara a otro compañero, o cualquier otra cosa que me mantuviera ocupada y si había que disciplinar un reglazo podía solucionarlo.

Todas estas memorias llegaron a mí mientras miraba con detenimiento el larguísimo listado de materiales y libros de mis hijos y analizaba cual tienda era la mejor opción para realizar las compras sin tener que dar miles de vueltas. Al final decidi comprar unas cosas en el pueblo y otras en el centro comercial. “Yo no voy a ser el único con un ‘Totto’ si todos los demás tienen el ‘Zuca’ de las bolas de soccer, me compras ese”, escuché a un niño de algunos 9 años decirle a su mamá. La historia se repetía en distintas tiendas. El consumismo y la competencia nos han llevado a criar niños superficiales. Porque lo importante no es iniciar el semestre si no ir a lucir las cosas. Estamos pendientes a lo que la vecina le compra a su hijo o al nieto, para correr a la tienda y comprarle algo mejor y jactarse con los demás. Las redes sociales promueven una imagen de felicidad asociada a cargar encima con logos y marcas, y les da un mensaje a ellos de que para ser aceptados y queridos, todo eso es necesario. Mi chico ya está creciendo, y con él llevo un balance entre lo que puedo y lo que debo darle. Gracias a Dios y a mis padres nunca me falto nada, así que no llevo ese complejo de que “quiero darle a mis hijos lo que mis padres no me pudieron dar”. Analizo las cosas que le compro y primero evalua si realmente es necesario, si vale la pena y primordialmente si es capaz y responsable como para que yo haga la inversión que sea. NO se trata de la cantidad de dinero, aunque en ocasiones si es la razón primordial, se trata de lo que es apropiado para la edad y para su formación como persona. Este año quería un par de tenis para el uniforme de educación física cuyo precio estaba fuera del límite que estoy dispuesta a pagar. Como sé que tiene dinero guardado, negocié con él, que si no quería transar por otros, tendría que comprárselos con su dinero. “Pero me voy a quedar sin nada guardado”. A lo que le respondí: “lo mismo pasa en mi cuenta de banco”. Y así lo hizo, los compro, se quedo sin nada y ahora anda botando la basura todas las veces que pueda para obtener mesada semanal si cumple con ciertas tareas. Quizá un poco exagerado de mi parte, pero yo lo veo como una enseñanza. Sé que cada vez que corra o juegue baloncesto en la escuela, y vea como terminan sus zapatos va a recordar que el los compro con su dinero y los va a valorar más.

La niña de la ola, los dos moñitos y las medias de colores con puntilla salió corriendo, sin escuchar que la maestra les dijo: “No corran como caballitos que esto no es el hipódromo”, hacia su mamá (la meta era llegar a su destino antes que el timbre dejara de sonar, de repente se detuvo porque la lonchera de la cara de Mickey se le abrió y se le callo todo lo que quedaba adentro, le dio un beso a su mamá pidiéndole la bendición y le dijo: “Mami no me tomé el jugo del termo porque estaba caliente y se me viró en el bulto.” Y así pasaba el año escolar, con las libretas, pintadas de jugo “del rojo” para que aprendiera a cuidar las cosas. No conocemos el valor de las cosas hasta que las compramos nosotros. No sabemos el sacrificio que hacen los padres hasta que nos toca ir de compras escolares. No sabemos lo bendecidos que somos hasta que estamos de compras escolares para nuestros hijos y ves el balance en tu cuanta de bancos bajar cada momento. Y de repente recibes un mensaje con unas fotos que te rompen el corazón de unos niños que no tienen nada para su regreso a clases, viviendo en unas condiciones infrahumanas y que aun así quieren ir a la escuela. Eso se vive en nuestro país, eso lo vivían algunos de mis compañeros y yo me siento bendecida infinitamente porque ni mis hijos, ni yo, hemos pasado por eso. Dejemos de competir por qué hijo se ve más vistoso en este ‘back to school’, durante el semestre o al finalizar. Enseñémosle mejor a ser empáticos y que si a algún compañero le falta un lápiz o le falta merienda, deben compartir. Porque para que un niño aprenda, se destaque y sobresalga, no va a necesitar el premio del mejor vestido, si no lo que su intelecto e inteligencia lo llevan a alcanzar. Porque para ser realmente grandes hay que estar con los demás, no por encima de nadie.

Las Luces en las Ventanas

De un tiempo para acá, me he sorprendido, en varias ocasiones, observando las ventanas de las casas al pasar frente a ellas. Las luces encendidas detrás de cada una me cuentan miles de historias, más bien me hacen imaginar. Donde veo una luz apagada, siento oscuridad, desasosiego o un impulso a ignorar esa ventana.

En la primera ventana, alguien sufre por alguna enfermedad terminal y quiere entregarle a la vida todas sus riquezas y bienes materiales a cambio de una oportunidad de vida.

En la próxima, alguien observa todo lo que ha obtenido y logrado. Riquezas, bienes, lujos. Y repasa el sacrificio que le ha costado obtener todo eso y el precio que paga a diario es la soledad y el vacío del alma.

En otra, un niño se cubre sus orejas con las manos para encontrar el silencio que su papa y su mama interrumpieron con una fuerte discusión e insultos.

Al lado, una pareja se mira a los ojos fijamente intentando recordar donde dejaron perdido el amor que los había unido, pero saben muy bien que jamás lo van a encontrar.

Arriba, una madre llora y respira con dificultad al sentir cada vez más pesada la carga de liderar un hogar.

Abajo, un chico sufre en silencio por su cobardía de ocultar quien es realmente por miedo al rechazo, a la burla y a las críticas.

Al frente, una chica desea ponerle fin a una relación que sabe que no da para más, pero el miedo a la soledad, a la crítica y a lo desconocido la frenan, y prefiere sufrir y perder cada segundo de su vida antes que abandonar la costumbre y las comodidades.

Detrás, un joven observa su cuerpo en el espejo con apatía y no se le parece en nada a los modelos en las revistas. Maldice y se odia a si mismo, pero ignora la triste historia que esconden e la mirada cada uno de esos modelos a los que idolatra. También ignora que la chica del bar al que frecuenta lo encuentra hermoso y suspira al verle llegar pidiéndole a la vida que alguna vez el la note y se le acerque.

En el centro, una pareja discute el camino que deben seguir, pero ambos tienen prioridades diferentes y hace mucho que sus caminos no convergen.

En la siguiente, una muchacha, cansada de la costumbre, del encierro, de sentirse vacía y de la falta de libertad, decide recoger sus cosas en busca de su libertad y de un lugar donde sienta paz, donde pueda respirar aire puro y llenar cada espacio de su vida con ilusiones nuevas, deseos reales y experiencias genuinas.

Al fondo, un muchacho se lamenta por haber sido sincero al dejar salir sus sentimientos. Luego de tanto tiempo callando lo que sus ojos decían, reunió valor y coraje y le dijo al amor de su vida todo lo que sentía y fue rechazado.

A una cuadra de allí, alguien fuma y se desvela noche tras noche caminando en su habitación recorriendo el pasado en cada paso que da y añorando tener a su lado una vez más a quien ya no quiso estar.

A lo lejos, una chica intenta vivir su vida y llenarla de momentos maravillosos, pero tiene un vacío que solo la presencia del amor de su vida puede llenar y cada noche da gracias por lo vivido y lo que tiene, pero pide con fe al universo despertar a su lado para sentir que en su vida no hace falta nada más.

A la derecha, unos padres sienten su hogar vacío y se sumergen en la soledad que le proporcionan las paredes que están llenas de recuerdos y los rincones en los que solo se escucha el sonido ensordecedor del silencio.

En otra, una chica llora desconsoladamente al ver que, una vez más, su sueño de ser madre se viste de rojo.

Mas abajo, un chico se pregunta si vale la pena esperar a que llegue a su vida alguien especial o si debe salir a buscarlo.

Al lado una chica mira fijamente a su teléfono mientras espera una llamada o un mensaje que acabe con su espera y le saque una sonrisa.

En otra, un chico se encuentra en el dilema de hacer justicia y robarle un beso a la chica que le roba sus sueños cada noche.

Una de ellas, esconde a una chica que esconde detrás del maquillaje los garabatos morados que deja la violencia en su cara y en su cuerpo, pero sabe que ni el maquillaje con más cobertura lograra tapar las heridas del alma.

En la calle del lado, un chico intenta reparar y enmendar sus errores y cada intento lo lleva a la misma conclusión: jamás va a borrar las huellas de sus actos y las heridas que causaron sus palabras. Y cada noche llora hasta el cansancio porque no se perdona su error.

En otra ciudad, una chica se enamora por cuarta vez en tres meses y jura que es el amor de su vida, aunque al cerrar los ojos sabe bien que prefiere un amor pasajero a probar el sabor amargo de la soledad.

Mientras que su amiga, en su casa, cuenta los minutos para reencontrarse con su amor por tan solo unos días que saben a gloria.

En otra, una adolescente ve a sus padres discutir una vez mas y lleva en su mente una imagen oscura de las relaciones. Es por eso que se jura que jamas tendrá una pareja porque no quiere terminar igual que ellos.

Su hermano, cuenta los minutos para regresar a la escuela y poder ver a la chica que lo tiene suspirando, esa primera ilusion que llena el corazon por toda una eternidad.

Y en una de ellas está la de una chica que en su libreta dibuja palabras que describen lo que su alma siente. Entonces imagino que esta noche escribe lo siguiente:

“Observaba las luces salir por las ventanas

Tantas historias detrás de cada una

Historias de amor o desamor

Pero una es mi favorita…

Esa que es tenue y acogedora

Esa que espera y la mayoría de las veces no llega la hora

Esa que se apaga, pero en un instante se enciende

Esa que quiere llenar cada rincón con su esplendor

Esa que es resistente, pero en ocasiones se rinde

Esa que es tan simple y a la misma vez compleja

Esa que es de amor, de un gran amor que espera.”

¿Cuál ventana es la tuya?