El Traje Rojo

traje rojo

 

Cuando niña, mi juguete favorito eran las muñecas Barbies. Recuerdo que iba con ellas a casi todos los lugares, incluso al salón de clases. Mi maestra de primer grado no ha olvidado la bolsa de Barbies que llevaba conmigo todos los días. Tenía una con el cabello larguísimo y un día decidí que su cabello necesitaba otro estilo, busque unas tijeras y se lo corte. Había visto a las chicas en los salones de belleza recortar a otras personas y parecía sencillo, pero cuando termine el recorte, me di cuenta de que, al igual que para recortar papel, no tenía talento para recortar pelo (hace unos años intente lo mismo en mi pollina, imaginen el resultado). Aun así, con todo y el pelo horrible, no me deshice de ella porque formaba parte de mi colección de muñecas. ¡Sufría tanto cuando mi primita, a la que de cariño apodo ‘Pelusa’, entraba por la puerta de mi casa con sus rizos alborotados! Mi reacción era la misma que los peces de la película de “Finding Nemo” al ver entrar a “Darla”, ¡pánico! Porque las sacaba de su lugar, las despeinaba, les cambiaba las ropas, etc. Cuando me casé, adivinen que hizo mi mama: regaló mis Barbies (aún no se lo puedo perdonar), solo se salvaron las dos que me había llevado conmigo porque las tenía con su stand como decoración en mi cuarto. Cuando me mudé de la primera casa en la que viví, la nieta del dueño quedó maravillada con las muñecas. Fue ahí cuando, con dolor en el alma, me deshice de las últimas dos que conservaba. La cara de la niña y su ilusión y deseo por tenerlas me dijeron que era momento de soltar.  Me costó mucho trabajo deshacerme de ellas, porque desprendiéndome de ellas me desprendía de los recuerdos y de los momentos mágicos cuando inventaba e imaginaba mundos con ellas en mis manos.

A demás de las Barbies, tenía un traje rojo al que amaba con locura. Era de esos bien hermosos de nuestra época (la de los 80’s), con volantes, la tela picaba, lentejuelas, y voladito (no se de diseño de modas para especificar el estilo, pero la modelo en la foto luce la pieza fiel y exacta de la que les hablo).  En ocasiones mi mama me combinaba ese tipo de trajes con medias ‘pantyhose’ y yo las odiaba, así que no me duraban mucho tiempo. En medio de la misa, me paraba, metía las manos bajo el traje y me las quitaba. Tiempo después le cogía las que ella utilizaba para el trabajo, me las ponía y les hacía rotos (para imitar a Gloria Trevi). ¡Pa’ que aprendiera a no obligarme a usar esas medias!  Yo era muy voluntariosa (la verdad es que aún lo soy) y recuerdo que tenía la necesidad de ponerme ese traje a menudo, para cualquier lugar, incluso cuando apenas me servía. ¡Era mi traje favorito! ¿Por qué tenía que renunciar a el?

Así somos con los recuerdos, con las posesiones, con las personas, con las ideas. Sabemos que ha llegado el momento de desprendernos de ellos pero postergamos y tememos dar ese paso. El desapego y el desprendimiento son procesos complejos en los que nuestra mente siempre va a encontrar excusas razonables para conservar eso de lo que debemos deshacernos. Es una respuesta innata de nuestra mente que desarrollamos desde que estamos en el vientre de muestra madre. Aprendemos a apegarnos a lo que amamos. Es por eso que los bebes lloran al despegarse de su madre y se calman al tenerla cerca o a alguna persona cercana a su entorno.   A veces estamos en una relación, de cualquier tipo, carente de emociones, sentimientos y de compromiso, vacía, por costumbre, por obligación, en la que no hay plenitud, pero hay abundancia de dudas. Permanecemos en ella por miedo a la soledad, por miedo al que dirán, porque queremos evitar el proceso de una separación, porque estamos tan acostumbrados a vivir de una manera que dar ese paso nos causa temor, porque no quieres herir a otros, porque no quieres causar un disgusto a tu familia, por los hijos, por una estabilidad, por miles de razones. Y ahí nos quedamos, sabiendo lo que debemos hacer, pero convenciéndonos de no hacerlo.

Nuestro estilo de vida y las costumbres que tenemos también cuesta trabajo cambiarlas. Aunque sepamos que debemos hacer algunos cambios en nuestro comportamiento, en nuestros hábitos alimenticios, lugares que frecuentamos, personas con las que compartimos. Sabemos que hay muchos factores internos y externos que debemos sacar de nuestra vida pero no tomamos cartas en el asunto. La zona de confort siempre es mejor que correr riesgos y tomar decisiones firmes, difíciles, pero gratificantes luego de algún tiempo.

En ocasiones la vida nos obliga a soltar y dejar ir. El destino nos arranca de repente a un ser querido, a una mascota, a una posesión con un valor sentimental, o hasta un proyecto, y se nos derrumba la vida en un instante. Nos aferramos al recuerdo y nos rehusamos a desprendernos de la presencia física de “eso” que tanto amamos. Cuando el corazón es quien se rehúsa a desprenderse, no hay tregua. Es difícil dejar ir eso que tienes guardado en lo profundo de tu alma. Sufrimos en silencio y nos enterramos en la tristeza. Sabemos que debemos soltar y eso nos consume.

En el transcurso de la vida vamos a desarrollar y cultivar sentimientos hacia diversas personas o hacia cosas. Vamos a establecer vínculos muy cercanos y las llegaremos a hacer parte fundamental en nuestros días. El placer, la alegría, la plenitud, la comodidad, la seguridad, la energía, la paz, o la sensación que “eso” nos proporciona la idealizamos como algo eterno. El paso de las personas, de las cosas y de todo lo que sucede en nuestra vida es efímero. Me encanta esa frase de Frida Kahlo: “A veces hay que seguir como si nada, como si nadie, como si nunca.” Porque lo único a lo que debemos aferrarnos es a atesorar y vivir a plenitud cada momento presente. ¡Cojámosle apego al presente, y que eso que ya no tenemos sea una motivación que nos llene de determinación para cumplir nuestros deseos de una manera más profunda!

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