Receta: Papel y Lápiz

Cuando comencé a compartir mis escritos, lo hice siguiendo una corazonada. Un impulso y una lluvia de ideas me llevaron a escribir “Esos Amores la Infancia”. Al escribirlo, pude vivir esos momentos una vez más. Hacía mucho tiempo que había guardado en el cajón de los recuerdos este pasatiempo que algunos llaman talento. ¡Cuánto daría por haber conservado alguno de mis escritos de cuando era niña o algún diario de mi adolescencia! Encontré en la escritura esa terapia que buscaba. En varios talleres he aprendido varias técnicas para utilizar la escritura como una medicina para el alma, un elixir para soltar y una oportunidad de llegar al corazón de muchas personas que podrían necesitar alguna palabra o mensaje de aliento.

En ocasiones, las palabras no salen de nuestros labios con fluidez, porque nuestro cerebro está programado para establecer juicio sobre lo que vamos a decir y cómo lo vamos a decir, pero si las escribimos, tal y como van saliendo de nuestro corazón, sin censura, sin mesura, tal y como nos hablaríamos a nosotros mismos frente al espejo, las palabras salen perfectas y poco a poco vamos aliviando la carga tan pesada que llevamos dentro. Hay días en los que me siento abrumada y agobiada, entonces busco una hoja de papel. Cuando leo lo que he escrito, puedo darme cuenta de que muchas cosas no tienen sentido, que no hay cronología, que voy de la melancolía por algún recuerdo, a la ansiedad por el futuro, al sobresalto por algún ruido, olor o sensación en el presente, y todo eso queda registrado en un papel. Al final, siento una especie de descarga y un desbloqueo en mí mente que me ayuda a relajarme, a descansar o a organizar mis ideas.

No recuerdo haberlo mencionado antes, pero hace un tiempo me diagnosticaron ansiedad. Pareciera que es el diagnóstico de moda para las personas que que estamos muy expuestas al stress. Por si lo desconocen, la ansiedad es un tipo de trastorno que no tiene cura y para el que no hay un tratamiento específico. Es la consecuencia de mi alter ego de creer que puedo con todo, algo así como una Mujer Maravilla. Las noches son una cajita de sorpresas porque puedo estar rendida del cansancio y a punto de irme al valle de los sueños, pero de repente recuerdo que olvidé contestar un email a las 8 de la mañana y era importante, o vienen a mi mente las mejores palabras que jamás se me habrían ocurrido para contestarle a alguien en alguna conversación. O bien puedo estar durmiendo y de madrugada algún ruido me levanta y a esa hora quiero saber la hora, verificar si hay agua fría, si apague el calentador, recuerdo que no coloqué jugos en la nevera para la merienda de mis hijos, ect. Sé que muchos entenderán la creatividad de la mente a esas horas. Hay días en los que una broma pesada, un tono molestoso, un gesto o cualquier frase la tomo personal, porque estoy alerta e incómoda con miles de mimes en la mente. Hay días en los que mis expectativas de la vida y de los demás son surreales e imagino un mundo perfecto que se va desvaneciendo segundo a segundo porque no ocurren las cosas como mi mente las imaginó desde que abrí los ojos por la mañana. En esos días, mis mejores amigos son el lápiz o bolígrafo y el papel o alguna de mis libretas para descargar mi ira, mi frustración, lo que me agobia, y cada letra que escribo va ejerciendo su efecto calmante en mi estado de ánimo.

Los días en los que sigo la siguiente rutina, me siento realizada, aliviada y plena:

  • Al sonar la alarma en la mañana (luego de las veces que le doy ‘snooze’) doy gracias por un nuevo día y establezco al menos una intención.
  • Si estoy trabajando, al llegar a la oficina hago una lista de tareas y priorizo mis actividades. Al finalizar, escribo las tareas para el próximo día, o anoto la que no haya podido completar. Les parecerá insignificante, pero, en ocasiones, anoto en la lista de tareas responder a algún email.
  • En días de mucho stress, cojo una hoja en blanco, pongo el cronometro para 20 minutos y comienzo a escribir sin parar. Durante ese tiempo solo observo mi mente y escribo. Cuando mi mente se queda en blanco sigo haciendo puntos o trazando una línea horizontal hasta que surjan más pensamientos o se acabe el tiempo. Hay días en los que necesito más tiempo y continúo hasta quedarme en blanco. Lo tomo como un tipo de estado meditativo del cual se sale cuando mi mente y mi cuerpo estén listos. Luego leo y analizo lo que acabo de escribir y destruyo el papel.
  • En ocasiones escribo alguna carta donde le digo a alguna persona todo lo que, por no ofender, por tener prudencia o por distintas razones no digo. Es una forma de desahogarme y soltar.
  • Al terminar en mi diario de gratitud escribo al menos 3 cosas por las que me siento bendecida. Intento dar gracias cada día por algo distinto a los días anteriores. En mi diario pueden ver cosas que parecerían tan insignificantes como: “Haber aumentado 3 libras” (ya en otro escrito les hable sobre mi lucha con mi peso). Esta práctica es una manera de recordarme que incluso en días grises hay más de un motivo para dar las gracias.

Cuando la mente colapsa, el cuerpo colapsa, el ánimo colapsa, y poco a poco, nuestra vida colapsa. No es difícil ni imposible hacer una pausa y derramar nuestros pensamientos sobre un papel para poder leer lo que nuestra mente quiere decirnos. Cada letra, cada palabra que escribamos, nos está dando un mensaje importante, hay que leer con atención. Yo aprendí que está bien sentirme mal, que debo abrazar la oscuridad como mismo abrazo y disfruto la luz. Tenía las herramientas correctas al alcance de mi mano, en todo momento. No puedo decirles que mis días son maravillosos y perfectos, pero en la medida en que puedo y me lo propongo, son más llevaderos. Creo firmemente en el poder de la escritura como terapia alternativa para sanar, para aliviar y para recargar, y quiero que otros lo crean también. ¡A ejercitar la mano y soltar nuestra mente!

Las Personas Difíciles


Damos Gracias por las bendiciones, gracias por los días hermosos, gracias por las personas maravillosas que tenemos en la vida, pero ¿damos gracias por los infortunios? Hay personas a las que no les caemos bien e intentan ponernos el pie para que tropecemos ya sea directa o indirectamente. Hay días en los que nos sale todo mal. Hay días que no tenemos ganas de salir de la cama. Hay días que nos cuesta sonreír. Hay días que estamos sensibles. En esos días en los que las bendiciones no se ven a simple vista, la gratitud brilla por su ausencia. ¡Seamos honestos! No se puede ser agradecido justo en el momento en que nos dan una mala noticia, en que tenemos un accidente, en que nos desilusionamos, cuando tenemos un problema con alguna persona, cuando en el trabajo todo parece conspirar para que no cumplas con tu labor. Es una actitud que se moldea. Es una conducta que se aprende poco a poco. Se aprende a asimilar las situaciones y a encontrar una enseñanza. Aprendemos a observar con ecuanimidad la situación, la ponemos en perspectiva y encontramos el mensaje que nos quiere dar. Cada reacción de nuestro cuerpo o de nuestra mente, tienen un mensaje poderoso que darnos, hay que observar con curiosidad.

 Nuestra mente está acostumbrada a estar juzgando y creando situaciones que no existen, formando historias, pero hay que entrenarla. En ocasiones recibimos un correo electrónico o un mensaje y con solo ver el nombre de alguna persona, creamos una historia, nos cambia el estado de ánimo, levantamos la defensa y si haber abierto el mensaje ya estamos listos para combatir. Los que somos más explosivos maldecimos a la persona o la insultamos en nuestra mente, porque ya nuestra mente identifica a la persona como enemiga de nuestra paz. A veces nos levantamos con poco humor y se nos derraman las cosas en la cocina, se nos quedan cosas al salir, nos tropezamos caminando, todos los semáforos nos tocan en luz roja, no conseguimos estacionamiento, llegamos tarde a algún lugar así pasamos todo un día porque sin darnos cuenta fuimos creando el ambiente y comportándonos de manera tal que nos vamos hundiendo.

No es sencillo ver “lo positivo de lo negativo”, pero tampoco es imposible. Basta con parar de juzgarnos, basta con entender que puedes trabajar con tu ser, pero no con el de los demás. En la medida en que sigamos combatiendo, las situaciones nos van a controlar y nos van a definir. Yo no soy un problema, yo no soy odio, yo no soy enemistad, yo no soy envidia, yo no soy negatividad. Doy gracias por cada persona difícil en mi camino porque me sacan de mi zona de confort y me hacen ver que yo no soy tan difícil na. Doy gracias por cada día oscuro porque me hacen recordar que no puedo controlarlo todo en mi vida porque la vida fluye. Doy gracias por los dolores y sufrimientos porque me hacen recordar que soy humana y que siempre puedo dar un poquito más por mí y para mí. Doy gracias porque soy perfectamente imperfecta y en ocasiones, sin darme cuenta, puedo ser la piedra en el camino para otra persona.

Comprende y acepta

Las últimas semanas han sido una montaña rusa de emociones. Hacía mucho tiempo que no tenía esa sensación. Me costó mucho trabajo y tiempo aprender a manejar esas emociones que mantenían mi mente fluctuando (dejo aparte los corajes porque esos me surgen espontáneos). Creo que me enfoqué y me cubrí con una coraza para poder trabajar conmigo y me olvidé de otras cosas que son más importantes. Cuando comencé a compartirle mis escritos y mis pensamientos, lo hice siguiendo una corazonada que me decía que compartiera mis palabras con el mundo y a la misma vez era lo que yo necesitaba aplicar en mi vida en ese momento. Confió demasiado en el poder de la escritura y de unas palabras certeras en el momento preciso. Y sé que he servido de ayuda para muchos. Creo que me enfoque en salvar a los demás, en ayudarlos a sentirse bien, en cargar a los demás con sus situaciones y ponerles las palabras correctas en su camino. Y en ese camino me fui olvidando de mí.

Me fui sugestionando con pensamientos, con ideas, con proyectos profesionales y personales, con miles de cosas para mantener mi mente ocupada. Repitiéndome una y mil veces: “confía en los procesos”, como si me tomara una pastilla de fe diaria. Confiando en que todo lo que pida con fe y en oración se me va a conceder, vi pasar los días, semanas, meses, y ni rastros de algunas cosas. Sentándome en el patio a mirar al cielo y a cuestionar el por que y el para que, de muchas cosas, pidiendo señales para mantenerme firme en mis propósitos. Y cada vez recibía el mismo mensaje: “abraza tu oscuridad”. ¡Y cuando carajo va a haber luz! Porque es humano y normal cansarse, y que la mente se agobie.

Así comprendí que a veces nos alejamos de nosotros mismos porque no queremos enfrentar nuestros matices oscuros. No queremos mirar a los ojos a nuestros miedos y a nuestros desaciertos. No queremos ser humildes y dejar el ego a un lado y decirnos: “¿Sabes que? Por más vueltas que le des, y pidas y pidas, lo que vas a tener es lo que Él quiera.” Si hay alguien a quien le huyo y le viro la cara es a enfrentarme a mí misma. Porque cuando escribo que nos perdonemos y que no nos juzguemos y nos tratemos con amabilidad, lo escribo para mí, porque soy mi peor critica. A veces pienso que no necesito ningún enemigo, ¡si con mi juicio falto de ecuanimidad y acusador es más que suficiente!

Así que di cara y me enfrenté. En mi afán y aventura de ayudar, de escuchar, de compartir, olvide que si algo me levantó de muchas situaciones, fue abrazar mi espiritualidad, y de eso me había alejado. Empecé a recordar las veces que Dios ha tocado en mi puerta últimamente y lo he ignorado. Ha empujado la puerta y he medido fuerzas cuando solo quiere ocupar el lugar que le corresponde en mi vida. En su lugar he colocado series de televisión hasta quedarme dormida, audios que me hagan desconectarme del mundo y solo me lleven a ensimismarme, actividades sociales, interacción con otras personas, en fin, hice todo lo posible por ir sacándole de mi vida y darle solo unas buenas noches o unos buenos días. Recordé todas las veces que Él me ha levantado y que he visto su misericordia y su poder. Entonces pude entender que mi alejamiento fue porque me enoje con El porque las cosas me las da a su tiempo y no al que yo quiero, porque me da lo que necesito y lo que es lo mejor y no me da lo que yo anhelo.

Sentí la necesidad de ir a la iglesia y recibí el bofetón que necesitaba:

  • Necesitas humildad y hacer silencio para que el corazón hable en oración.
  • Aprovecha cada mañana que el Señor te brinda para mejorar tu espiritualidad.
  • Ninguna victoria se logra si no es conforme a su voluntad
  • La única fortaleza que necesitas no es contra el mundo si no para mejorar la vida espiritual
  • Si te dejas sostener, enderezar y guiar, El obra para bien.
  • De nada te sirve orar y arrodillarte con lágrimas en los ojos, si eres hipócrita en tu fe y pides solo lo que te conviene.
  • Aprende a aceptar la voluntad ya sea en forma de bendiciones, pero también en forma de cruces.
  • No te dan cruces que no puedas cargar, y todas tienen un propósito de crecimiento de vida
  • Si tu oración no es frecuente, confiada y dentro de ella no hay gratitud, de nada sirve.

Entonces supe que el día que comprenda y acepte que no es lo que yo quiera, ese día encontrare paz…

El Traje Rojo

traje rojo

 

Cuando niña, mi juguete favorito eran las muñecas Barbies. Recuerdo que iba con ellas a casi todos los lugares, incluso al salón de clases. Mi maestra de primer grado no ha olvidado la bolsa de Barbies que llevaba conmigo todos los días. Tenía una con el cabello larguísimo y un día decidí que su cabello necesitaba otro estilo, busque unas tijeras y se lo corte. Había visto a las chicas en los salones de belleza recortar a otras personas y parecía sencillo, pero cuando termine el recorte, me di cuenta de que, al igual que para recortar papel, no tenía talento para recortar pelo (hace unos años intente lo mismo en mi pollina, imaginen el resultado). Aun así, con todo y el pelo horrible, no me deshice de ella porque formaba parte de mi colección de muñecas. ¡Sufría tanto cuando mi primita, a la que de cariño apodo ‘Pelusa’, entraba por la puerta de mi casa con sus rizos alborotados! Mi reacción era la misma que los peces de la película de “Finding Nemo” al ver entrar a “Darla”, ¡pánico! Porque las sacaba de su lugar, las despeinaba, les cambiaba las ropas, etc. Cuando me casé, adivinen que hizo mi mama: regaló mis Barbies (aún no se lo puedo perdonar), solo se salvaron las dos que me había llevado conmigo porque las tenía con su stand como decoración en mi cuarto. Cuando me mudé de la primera casa en la que viví, la nieta del dueño quedó maravillada con las muñecas. Fue ahí cuando, con dolor en el alma, me deshice de las últimas dos que conservaba. La cara de la niña y su ilusión y deseo por tenerlas me dijeron que era momento de soltar.  Me costó mucho trabajo deshacerme de ellas, porque desprendiéndome de ellas me desprendía de los recuerdos y de los momentos mágicos cuando inventaba e imaginaba mundos con ellas en mis manos.

A demás de las Barbies, tenía un traje rojo al que amaba con locura. Era de esos bien hermosos de nuestra época (la de los 80’s), con volantes, la tela picaba, lentejuelas, y voladito (no se de diseño de modas para especificar el estilo, pero la modelo en la foto luce la pieza fiel y exacta de la que les hablo).  En ocasiones mi mama me combinaba ese tipo de trajes con medias ‘pantyhose’ y yo las odiaba, así que no me duraban mucho tiempo. En medio de la misa, me paraba, metía las manos bajo el traje y me las quitaba. Tiempo después le cogía las que ella utilizaba para el trabajo, me las ponía y les hacía rotos (para imitar a Gloria Trevi). ¡Pa’ que aprendiera a no obligarme a usar esas medias!  Yo era muy voluntariosa (la verdad es que aún lo soy) y recuerdo que tenía la necesidad de ponerme ese traje a menudo, para cualquier lugar, incluso cuando apenas me servía. ¡Era mi traje favorito! ¿Por qué tenía que renunciar a el?

Así somos con los recuerdos, con las posesiones, con las personas, con las ideas. Sabemos que ha llegado el momento de desprendernos de ellos pero postergamos y tememos dar ese paso. El desapego y el desprendimiento son procesos complejos en los que nuestra mente siempre va a encontrar excusas razonables para conservar eso de lo que debemos deshacernos. Es una respuesta innata de nuestra mente que desarrollamos desde que estamos en el vientre de muestra madre. Aprendemos a apegarnos a lo que amamos. Es por eso que los bebes lloran al despegarse de su madre y se calman al tenerla cerca o a alguna persona cercana a su entorno.   A veces estamos en una relación, de cualquier tipo, carente de emociones, sentimientos y de compromiso, vacía, por costumbre, por obligación, en la que no hay plenitud, pero hay abundancia de dudas. Permanecemos en ella por miedo a la soledad, por miedo al que dirán, porque queremos evitar el proceso de una separación, porque estamos tan acostumbrados a vivir de una manera que dar ese paso nos causa temor, porque no quieres herir a otros, porque no quieres causar un disgusto a tu familia, por los hijos, por una estabilidad, por miles de razones. Y ahí nos quedamos, sabiendo lo que debemos hacer, pero convenciéndonos de no hacerlo.

Nuestro estilo de vida y las costumbres que tenemos también cuesta trabajo cambiarlas. Aunque sepamos que debemos hacer algunos cambios en nuestro comportamiento, en nuestros hábitos alimenticios, lugares que frecuentamos, personas con las que compartimos. Sabemos que hay muchos factores internos y externos que debemos sacar de nuestra vida pero no tomamos cartas en el asunto. La zona de confort siempre es mejor que correr riesgos y tomar decisiones firmes, difíciles, pero gratificantes luego de algún tiempo.

En ocasiones la vida nos obliga a soltar y dejar ir. El destino nos arranca de repente a un ser querido, a una mascota, a una posesión con un valor sentimental, o hasta un proyecto, y se nos derrumba la vida en un instante. Nos aferramos al recuerdo y nos rehusamos a desprendernos de la presencia física de “eso” que tanto amamos. Cuando el corazón es quien se rehúsa a desprenderse, no hay tregua. Es difícil dejar ir eso que tienes guardado en lo profundo de tu alma. Sufrimos en silencio y nos enterramos en la tristeza. Sabemos que debemos soltar y eso nos consume.

En el transcurso de la vida vamos a desarrollar y cultivar sentimientos hacia diversas personas o hacia cosas. Vamos a establecer vínculos muy cercanos y las llegaremos a hacer parte fundamental en nuestros días. El placer, la alegría, la plenitud, la comodidad, la seguridad, la energía, la paz, o la sensación que “eso” nos proporciona la idealizamos como algo eterno. El paso de las personas, de las cosas y de todo lo que sucede en nuestra vida es efímero. Me encanta esa frase de Frida Kahlo: “A veces hay que seguir como si nada, como si nadie, como si nunca.” Porque lo único a lo que debemos aferrarnos es a atesorar y vivir a plenitud cada momento presente. ¡Cojámosle apego al presente, y que eso que ya no tenemos sea una motivación que nos llene de determinación para cumplir nuestros deseos de una manera más profunda!