Recuerdos de Nostalgia y celebración

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Es la época más bonita del año. Es la época de dar y recibir. La época de unirnos, de reencuentros, de fiestas, de comer más de lo que cabe en nuestro estómago, de beber más de lo que el hígado aguanta y de celebrar que sobrevivimos un año más. Estamos viviendo tiempos difíciles y de mucha incertidumbre y estos días nos sirven para olvidamos un poco de todo esto. La tristeza de todo un país la decoramos con luces y adornos que embellecen y maquillan lo que estamos pasando, al menos hasta pasadas las octavitas. Bien lo dijo Amaury Nolasco en el último especial del Banco Popular de Puerto Rico: “Los boricuas somos las personas más felices del mundo, con los problemas que tenemos… somos los más felices del mundo.”

Personalmente, más allá de la alegría de las fiestas, el sentimiento que predomina en mí es uno de melancolía. Recuerdo con nostalgia como esperábamos estos días cuando éramos niños. Con que esperanzas hacíamos nuestras cartitas, recogíamos esa yerbita fresca para los camellos y con cuanta ilusión despertábamos el 25 de diciembre y el 6 de enero para recibir nuestros regalos, no importaba si estaba lo que pedimos o no(por ejemplo nunca encontre debajo del árbol un Easy Bake, y de ahí mis problemas con la cocina), era un momento inexplicable. Momentos mágicos y únicos que terminaron en el momento en que uno hace ciertos descubrimientos que rompen la magia. Luego, de mala fe, les rompíamos la magia a otros. Recuerdo decirle a mi prima: “la bicicleta que pediste, está en el baúl de tití, vete pa’ que veas.” Sí, porque si a uno se le daño la ilusión, ¡que se le dañe a los demás también coño! Sin embargo, ahora me estoy volviendo loca en cómo mantener viva la ilusión en mis hijos para qu eno muera la tradición. Desde inventarme a “Pipo El Duende” que me visita y discute conmigo como ha ido la semana en el hogar y el colegio, las típicas llamadas de Santa, hasta llenando la casa de pasto y bache. No hay nada más hermoso que ver las caritas de emoción al encontrar las cosas que estaban en esas cartitas, aunque se les dijo mil veces: “con esa conducta, no esperes regalos” (eso nunca ha funcionado, los niños saben q no importa cómo les haya ido en el año, bajo el árbol o bajo la cama siempre habrá algo).

La celebración más esperada, por mí, era y sigue siendo el 31 de diciembre. Durante la semana se iba preparando todo para ese día. Aún recuerdo el olor a canela y especias en casa de mi tía, quien usualmente preparaba el tembleque, arroz con dulce y majarete, ahora que lo pienso debí haber observado más y comer menos para que aprendiera a hacerlos y hoy día, cuando intente preparar tembleque, no terminaría con ‘tembloque’ como resultado. Llegado el 31, vestíamos las mejores galas (en mi caso la vestimenta iba acompañada de peinado de bucle con una súper ola en la pollina, y, por supuesto, unas botas) para reunirse con toda la familia. Las despedidas de año se hacían en casa de los abuelos y  la casa se llenaba, creo que por más de 100 personas (y no exagero). Los familiares que habían decidido dejar la islita para buscar mejores oportunidades fuera del país, viajaban para pasar esos días acá con los suyos. Se sentía una alegría inmensa en cada rincón de la casa, el olor a comida, a dulces, a pitorro aún lo puedo sentir. Los petardos y fuegos artificiales toda la noche y la algarabía de coritos y bombas (en su mayoría ‘monguitas’, pero igual todos se reían). Los más pequeños corríamos cuesta arriba y cuesta abajo, recibiendo una que otra raspada de rodilla antes de que se acabe el año, pero éramos felices. Las tías repasaban sus resoluciones sin cumplir, rebajar siempre encabezaba la lista. Se rezaba el rosario poco antes de las doce (confieso que de eso me escapaba, que Diosito me perdone). Y los rituales, ¡ayyy los rituales!… Mi abuela aun lidiando con su condición de Parkinson se paraba a celebrar con los demás y antes de las doce, desde el último cuarto de la casa, venia con un pañito blanco sacando todo lo malo y las tías comiéndose las 12 uvas para la prosperidad. La primera vez que lo intenté, curiosa al fin, no logré echarme las 12 uvas a la boca de una vez, luego me explicaron que era una a una, así que me salve de haber tenido una ahogada próspera en despedida de año. Ese es el día que más añoro, tanto que si me dieran la oportunidad de volver a vivir 5 días en mi vida, ese definitivamente sería uno de ellos. Al dar las doce, se repartía besos casi hasta la una de la mañana de tanta gente que había, sin contar que los vecinos más cercanos cruzaban la calle a saludar y desear lo mejor en el nuevo año (y aquí llegaba el momento en que nuestros padres usualmente nos obligaban a darle beso al que estaba ‘sudao’, al de la cara aceitosa, al que ya a esa hora se le había expirado el desodorante y el perfume, y al que sencillamente no querías saludar.

Con el paso del tiempo, y las circunstancias de la vida, se va perdiendo un poco de lo que se vivía en aquellos días. Crecemos y nos enfocamos en otras cosas. Cuando se acerca esta época nos ponemos a quejarnos porque no han dado el bono, el reintegro de las planillas de años anteriores no lo han enviado, que en el supermercado las cosas están caras, que tenemos que pintar, que tenemos que poner los adornos y así se nos pasan los días. Nos da stress por los regalos, porque necesitamos encontrar el mejor regalo como si las cosas materiales al final del día fueran las que recordamos, por la ropa, porque queremos estrenar, por la comida, por la bebida, etc. Sufrimos por los que ya se fueron, por los que no estarán, por los que desearíamos con toda el alma que estuvieran con nosotros para darle ese primer beso del año (malditas películas como las del tipo de Love Actually) y nos olvidamos de disfrutar a los que si tenemos a nuestro lado. Para nuestros padres estos días son difíciles pues es cuando más vacío sienten su nido, porque ya sus hijos no los despiertan dando gritos de alegría porque encontraron sus regalos. Quienes han perdido sus seres queridos sienten un enorme vacío porque ya esa persona no está. Los que como yo tenemos que compartir estos días nos cuenta trabajo asimilar ese proceso y entender que es lo que nos toca hacer, compartir ese tiempo. Nos ponemos a repasar las resoluciones sin cumplí y a hacer nuevas, teniendo bien claro que la mayoría de ellas no se van a cumplir. Hace mucho que deje de hacer resoluciones y ahora solo pido al universo ese día la oportunidad de ser mejor persona, mejor madre, mejor ciudadana. Siempre me propongo mejoras que cambian con el paso de los años y con las circunstancias. Por ejemplo el año anterior me propuse, entre otras, por ejemplo:

  • alimentación más saludable para todos en la casa – logrado
  • hábitos de hacer ejercicio – logrado
  • moderar el vocabulario – fracaso total
  • desarrollar tolerancia hacia las personas – medianamente logrado

Para el próximo año pido no solo para mí, sino para mi islita. Quiero una isla donde seamos más empáticos, que no veamos solo nuestras situaciones, si no que si miramos hacia el lado hay personas que necesitan mucho más que nosotros. Que una sonrisa no nos cuesta nada y unas palabras de aliento pueden arreglar el día de cualquier persona. Que entendamos que las personas que más fuertes se proyectan a veces son tan débiles que tan solo un gesto les da aliento. Que esta isla es de todos y no del gobierno y somos nosotros los que debemos enfocarnos y establecer un plan para trabajar juntos, porque aquí es donde vivimos y queremos seguir viviendo y que los que se atreven a protestar y luchar por derechos e injusticias merecen apoyo y todas las buenas vibras en vez de críticas, porque sepan que están haciendo lo que como cobardes no hacemos y solo nos sentamos a quejarnos (muy seguramente si dijeran que hay ley seca el 31 de diciembre, la marcha que haría frente al capitolio será la más grande de la historia). Cada uno de nosotros tiene peticiones que salen de lo más profundo de nuestro corazón, unas las llevamos esperando hace tiempo y sabemos que tal vez nunca lleguen, pero albergamos la esperanza de que quizá algún día eso llegará, otras son tan sencillas como poner de nuestra parte y enfocarnos en lo que queremos para que todo el universo conspire para hacer realidad. Los cambios y resoluciones solo ocurren si de verdad lo deseamos con todo nuestro ser con toda la simpleza del amor hacia nosotros mismos, de lo demás se encarga el destino, y si no lo dejamos para el próximo año… ¡Felicidades y gracias a todos por sus mensajes, emails y llamadas!