Tengámosle miedo a crecer

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A  menudo escucho a mis dos niños tener conversaciones entre ellos, y a veces a alguno de los dos se les escapa: “Acho estoy loco por ser adulto”. Maleducadamente, interrumpo su conversación y les digo: “y yo estoy loca por volver a ser niña”. Al dar una mirada retrospectiva, puedo ver tantas cosas que deje de hacer y tantas cosas que deje de vivir, por querer crecer o sencillamente porque tenía miedo de hacerlas. Ahora que el tiempo ha pasado, solo un poco, me pregunto porque no me permití ser niña por más tiempo, porque no me arriesgue a hacer más cosas de niños.

Nuestra infancia marca nuestra actitud cuando somos adultos. Llevamos en nuestro subconsciente muchos miedos, complejos e inseguridades que cargamos porque no los soltamos en el momento apropiado. He descubierto algunos miedos que llevaba dentro de mí, y estoy trabajando con ellos para descubrir cuando nacieron y espero algún día poder superarlos. No creo que eso suceda con el terror que le tengo a las cucarachas voladoras, no sé cuándo nació este miedo pero si se cuándo fue que ese miedo se disparó. Estaba sentada en el sofá viendo una teleserie (así se escucha más bonito que decir viendo una novela), eran cerca de las 8 de la noche, tenía las puertas y ventanas abiertas pues el clima y la temperatura donde vivía en ese entonces inspiraba a tenerlas abiertas todo el día, y de repente entra una cucaracha voladora y aterriza justo detrás del televisor. Mi reacción fue quedarme paralizada y observar a la maldita cucaracha que me miraba fijamente mientras abría sus alas y en su mente planificaba su ataque en mi contra, abrió sus alas y aterrizo en mi pecho, automáticamente comencé a gritar, a llorar, a sudar, las manos me temblaban y me sudaban, mientras los que estaban a mi alrededor solo se reían y me decían cierra la boca que se te va a meter en la boca. Gracias a Dios no he vuelto a tener más incidentes violentos con cucarachas, pero pienso que algo me debió ocurrir de niña o simplemente les tengo terror. También siento miedo cuando hay truenos y a correr bicicleta, ese miedo también se dónde nació. Estaba quedándome el fin de semana en casa de una de mis tías. Me encantaba quedarme en su casa porque allá podía ser libre de estar por toda la urbanización, cosa que no me dejaban hacer en mi casa (en mi casa jugaba a las Barbies a través de la verja con la vecinita del lado). Un sábado temprano, estaban los vecinitos de casa de mi tía corriendo bicicleta y a mí se me ocurrió tomar prestada una de las bicicletas de mis primos, para ser exacta una camella, me ‘enganché” como pude y salí a correr, no pasaron varios minutos que aterricé en la brea y lo sentí en los dos codos y las dos rodillas. Demás está decir que no he vuelto a correr bicicleta en mi vida.

Si analizamos, todos tenemos o hemos tenido algún miedo. Por ejemplo miedo a que el cuco este debajo de la cama o en el closet, miedo a que los vampiros se peguen al cuello, miedo a las alturas, miedo a estar encerrado. Y todo por estos traumas causados en algún momento de nuestra infancia. Algunos de ellos los podemos trabajar y llega el momento en nuestra vida que debemos enfrentarlos y vencerlos de una vez y por todas. En este momento de mi vida no quiero ni voy a querer nunca enfrentarme con una cucaracha, sé que ella va a ganar, pero al menos quiero volver a correr bicicleta una vez más en mi vida (así sea con las gomitas de atrás para que no me caiga). Son estos miedos los que nos impiden realizarnos en diferentes aspectos de nuestra vida. Desde niña me obligué a ser sobresaliente en las notas, en las actividades extracurriculares, siempre tuve una necesidad extrema de estar envuelta en muchas cosas, mis padres llevaban la peor parte de lo que ellos llamaban mis ‘presentamientos’, y ser responsable y cumplir con todas. El resto de mi vida lo he llevado así, cumpliendo con responsabilidades, pagando las cuentas, cumpliendo con las fechas establecidas en el trabajo, cumpliendo con los hijos, con la familia, con los amigos. Y al final del día, llega un momento en que te preguntas: ¿para que yo quería crecer?¿Por qué fui tan exigente desde niña conmigo misma? ¿Por qué las cosas no pueden ser tan simples como trepar a un árbol, embacharte los pies, mojarte en la lluvia, llenarte los pies de arena? Hacer todo sin pensar en que si te trepas al árbol te puedes caer y romperte un brazo o caer de boca y perder un diente. Sin pensar en que si te embachas los pies o te los llenas de arena, luego tienes que limpiar. ¿Por qué tenemos miedo a perdonarnos o a perdonar a otros, si cuando éramos niños el perdón llegaba en cuestión de minutos? Se nos va la vida y no nos perdonamos por los errores cometidos, por lo que se pudo hacer y no se hizo, o porque alguien nos hizo daño y decidimos guardar ese rencor indefinidamente. ¿Por qué no soltamos las cosas que nos hacen daño y nos aferramos a ellas, si cuando éramos niños y sabíamos que algo dolía nos dejaba de importar? Ya no se nos hace tan sencillo soltar cuando las cosas duelen en lo más profundo. Cuando sabes que soltando, sueltas una parte importante de tu vida y que va a pasar mucho tiempo antes de que lo superes.

Nunca es tarde para hacer las paces con ese niño o niña que dejamos de ser hace algún tiempo. AL que hemos dejado olvidado por envolvernos en la rutina. Si podemos amar de distintas maneras, a diferentes personas, por qué no volvemos a amar a ese niño, al que tal vez le guardamos algún rencor, al que le tenemos pena o en el que no queremos pensar. No hay amor más simple como la simpleza del amor de un niño. Quizá con la mente de un niño o recordando nuestra infancia logremos vencer muchos miedos y complejos que son nuestros mayores enemigos cada vez que tenemos que enfrentarlos.