¿Cuándo nos vemos?

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“Las extraño coño, quisiera que vivieran más cerca”, lee uno de los muchos mensajes que recibo en un chat de amigas. Después de varios años de amistad, diferentes situaciones en la vida de cada una, últimamente hemos sentido una repentina necesidad estar cada vez más cerca. Por nuestra vida pasaran muchísimas personas, pero solo la familia y las verdaderas amistades permanecerán ahí siempre. Las verdaderas amistades permanecen intactas no importa el tiempo, los compromisos, las malas decisiones, ni la distancia, al fin y al cabo siempre serán la relación más estable y duradera que cualquiera pueda tener. Personalmente, tengo claro que la relación más estable duradera y con ganas de siempre mejorar ha sido con mis amigas. En el paso de nuestra vida aprendemos a amar de diferentes maneras, a nuestra familia, a nuestros hijos, a las mascotas y a nuestra pareja, pero todas esas maneras de amor nos resultan muy complicadas y se vuelven un reto constante en nuestros días pues requieren mucho tiempo y esperamos mucho de los demás. El amor hacia las amistades, las amistades verdaderas, resultan ser un modelo de la simpleza del amor.

De niña fui extremadamente sociable, se me hacía fácil hacer amistad en todos los lugares a los que iba. La evidencia la tengo en fotos donde salen niñas que no tengo ni idea de quienes eran, mi mama tampoco recuerda quiénes eran, solo que yo las agarraba por la mano para una foto. De igual en la escuela, recuerdo “juntarme” con todos por igual. Con las nenas, a veces compartir alguna Barbie y jugar con la casita que llevaba a la escuela dentro de la funda de juguetes o con los nenes en el patio, jugar baloncesto (no crean que jugaban más suave por ser nena), pelota con una bola de ‘hand ball’ o tenis y bateando con la mano, y hasta “30” corriendo por toda la escuela a pleno sol del mediodía. Compadezco a los maestros que nos recibían sudados y seguramente apestando a lagartijo muerto, y aun así nos recibían con amor. Así aprendí a ser muy coqueta y a la misma vez a tener poca de delicadeza en algunos aspectos que aun hoy día son bien evidentes, pero también aprendí a tener empatía y a servir de paño de lágrimas. Si algo agradezco a la vida es ser producto de escuela pública, porque se vive de cerca diferentes situaciones que nos hacen ser agradecidos por las bendiciones con las que contamos. Nos hace ser más agradecidos de la familia que tenemos, del cariño y atención que nos dan.

Esos, sin duda alguna, fueron los mejores años de mi vida y sé que para muchos también fue así. Cualquier problema nos parecía pequeño y la única preocupación que teníamos era ¿Mañana estará haciendo sol para poder jugar en el patio en el recreo?, y si llovía no había problema porque “la ropa y los zapatos se secan”. No nos preocupaba sudarnos, no discriminábamos con quien compartíamos y considerábamos que, luego de que supiéramos su nombre y jugara con nosotros, cualquiera era nuestro amigo o amiga. Recuerdo ser la editora de las cartas de amor que algunos y algunas enviarían a otras personas y ser consejera de situaciones y por esas razones invitar a las amigas “en depresión” a que se quedaran en mi casa para darles todo mi apoyo. Las reuniones en el cuarto de cada una de las amigas, para arreglarnos para salir, para chismear del prójimo, dar una vuelta por el mismo pueblo de uno, son recuerdos de experiencias y vivencias bonitas en donde abundaban las risas, la complicidad, y a veces los nervios. Porque al fin y al cabo ese es el fin de una amistad, duplicar la alegría y dividir las tristezas por la mitad.

Luego de varios años, ya no edito las cartas de nadie, pero aún sigo siendo consejera de varias amistades en momentos de incertidumbre y cuando han necesitado un oído que las escuche, un hombro para llorar o algún consejo. No siempre encuentro las palabras correctas, pero al menos siempre las hago reír. Suelo dar consejos a amigas que a veces tienen problemas en su matrimonio, como toda pareja, y un consejo muy típico que puede salir de mi es: “si no quiere hablar y tiene actitud, ponle una colchita en el piso de la marquesina y déjalo ahí durmiendo, veras como se le pasa”. Realmente no sé si lo tomen literal, yo en lo más profundo de mi ser espero que sí, porque me cuesta trabajo luego de escuchar alguna amiga no sentir coraje y sentir satisfacción al imaginarme a su pareja durmiendo en el piso. Aunque luego al recibir una llamada o un mensaje que anuncie que todo se solucionó me cause muchísima alegría y tranquilidad. Otras tantas veces desearía metérmeles por dentro y actuar por ellas, pero luego recuerdo que en ocasiones ni yo misma me aplico lo que les digo. A veces hasta desearía ser un poco más como ellas y dejar salir las cosas que siento y así la carga sería menos pesada, y hasta sabría cómo manejar situaciones que desde mi punto de vista ya no tienen solución. Y así con virtudes y defectos, nos queremos.

Las amistades resultan ser una de las terapias en contra de la tristeza, del stress y del ajoro de tren de vida que cada uno puede tener. Logramos por un momento, desconectarnos de nuestra realidad para vivir la realidad del otro, o simplemente recordar viejos tiempos en los que ni la cantidad de dinero en nuestra cartera era una preocupación, pues $20 dólares eran más que suficientes para pasar la semana completa y si no era así tampoco era un “big issue”, la variedad ropa que tuviéramos en nuestro closet no importaba porque había otros closet dónde buscar algo (claro está, primero había que preguntar, porque yo era la primera en “esnuar” a alguien si por casualidad cogían mi ropa sin preguntar). Los compromisos no eran tan serios y siempre podíamos esperar a terminar un examen o de estudiar y “te esperamos para ir todas juntas”. ¡Cuánto desearía, al menos por un día, soltar las preocupaciones y ver cada problema como pequeño y con una solución sencilla!

Lamentablemente, el tiempo pasó, nuestras vidas tomaron diferentes rumbos y ya nada es tan sencillo como era hace algunos años atrás. Por fortuna, los años no pasan en vano y (algunos) vamos madurando en muchos aspectos de nuestra vida y vamos sumando personas y momentos a nuestras vidas, logramos perdonar y olvidar las diferencias con algunos y hasta nos preguntamos por qué durante mucho tiempo tuvimos una relación poco cordial con algunas personas. En ocasiones cometemos el error de alejarnos y hacer un lado a las personas que han estado a nuestro lado la mayor parte de nuestra vida, por personas que llegan a nuestras vidas y por un momento nuestra vida gira en torno a ellas, he aprendido que ese es el mayor error,  hasta que no puedes más y regresaras por ellas y en cada conversación, cada encuentro, cada recuerdo, te arrepentirás del tiempo perdido.  El tiempo es algo que no lo podemos regresar, como tampoco adelantar. Veo en mi mamá y mi papá, cuando comparten con sus compañeros de escuela, un brillo y felicidad especial que quiero tener también yo, manteniendo cerca a todas las personas que de alguna manera u otra son parte importante de mi vida. Al final del día, no hay nada mejor que conversaciones sin sentido, pero con grandes carcajadas que nos dan un rayito de felicidad en nuestras vidas. Sabremos si una amistad es verdadera cuando esa persona es capaz de tocar tu corazón, y despertar la simpleza del amor en nuestro corazón, aun desde otra parte del país o del mundo.