Gracias por Ser Tan Cobarde

corazzon curita

Desde muy pequeños, la vida nos enseña cuánto duele un corazón roto. El día que descubres que ni Santa Claus ni los Reyes Magos existen, que son los padres quienes dejan los regalos bajo el árbol, pasa a la historia de cada uno de nosotros como uno de los días más tristes de nuestra vida. Es en ese momento donde nos enfrentamos a sentimientos que en ese momento no entendemos: engaño, mentira y traición. Pero aun así, mientras somos niños poseemos un corazón tan limpio que somos capaces de perdonar, olvidar y seguir nuestra vida igual de felices. Vamos creciendo y, en nuestro paso por la vida, seguimos topándonos con esos sentimientos que descubrimos ese día de Reyes o de Navidad, y se repite una vez tras otra con el ratón de los dientes, con el conejo de pascuas, con el cuco (aunque hay personas por la calle que juraría que son familia del cuco) o cuando te sacan sangre y te dices que es una picadita de mosquito. Y llega esa primera vez que  nos enamoramos (o al menos uno cree estar enamorado). Con ese primer amor experimentamos la simpleza del amor, sonreímos con tan solo verle, sentimos maripositas en el estómago sin que sea hambre (a diario siento mariposas en el estómago y aun a esta edad tengo duda si es de hambre o porque estoy enamorada) , pero también descubrimos lo no tan simple…  A veces ese primer amor es quien nos rompe el corazón ya sea porque te rechacen, porque te dejen en un ‘friendzone’ eterno, porque nunca te atrevas a confesarlo (en este caso tú mismo te rompes el corazón), son muchísimas las maneras en las que te pueden romper el corazón.

Recuerdo perfectamente esa primera vez que me “enamore” (ahora entiendo perfectamente que uno se enamora una vez en la vida y que podemos clasificar los amores como amores de infancia o el de tu vida), aunque a decir verdad y dada la explicación anterior, ya me había enamorado otras veces y me duraba un día o dos. Esta vez tenía una edad tan madura como de 14 años y él unos cuantos años más que yo. Nos conocimos por amistades en común ya que yo formaba parte de un coro. Todos los domingos, una de las voces con las que las personas se deleitaban durante la misa era con la mía y también la de una de mis primas (¡Nos sentíamos tan orgullosas que nuestros ensayos de cuesta cantando a dúo cosas del amor donde yo era Vikky Carr y ella Ana Gabriel hubiesen rendido frutos!). Ya nos habíamos visto y al cabo de unos días nos presentaron. Los romances para los años 90 no eran tan sencillos como ahora pues no existía la tecnología de los mensajes de texto, ni redes sociales, ahora que lo pienso los tiempos nunca debieron cambiar porque ahí se podía ver para quien en realidad importabas y para quien no. Para vernos tenía  que esperar a los ensayos de los viernes o a la misa del domingo, las llamadas telefónicas se podían hacer casi a escondidas desde el único teléfono disponible en el medio de la sala de la casa donde usualmente estaba medio mundo. En par de ocasiones fue a verme frente a mi casa, antes las malas miradas de mis padres que estaban ‘dificilitos’ y en ese momento yo solo pensaba: “Dios mío que empeño de estos en no querer ver a uno feliz…” (ahora pienso que siempre debimos hacer caso a los padres). Así pasaba el tiempo, contando los días en el calendario para volver a vernos nuevamente. Vivía en las nubes, hasta que un sábado que habíamos un grupo  en la playa, me pidió una prueba de amor. Hasta ese momento solo le había agarrado la mano y mi única experiencia anterior había sido el fatídico primer beso de ‘trompa pará’, me armé de valor y le espete un beso de esos que solo había visto en las novelas (creo que en este beso me fue bien…), y juré que era una prueba de amor suficiente, pero al parecer no fue así. Empecé a verlo menos y empezaron las excusas de: “es que no tengo tiempo por el trabajo, déjame ver si en estos días puedo”. Así pasaron días y semanas. Una tarde mi prima y una vecina (quien nos había presentado) me preguntaron si estaba todo bien y les contesté que no, que llevábamos varios días sin hablar y varias semanas sin vernos. Ellas se miraron entre si y  me dijeron: “desde hace un tiempo ya él está con alguien más”. Luego de eso no recuerdo si dijeron algo más y no hice más que solo llorar sin consuelo encerrada en mi cuarto. Me culpaba una y mil veces y culpaba a esa otra, quien yo pensaba que me lo había robado. Me dormí llorando y desperté llorando. Fue esta vez cuando supe lo que significa tener el corazón roto porque alguien te traicionó, porque alguien te falló y te desilusionó.

El tiempo lo cura todo, pero ese día no se olvida. Experiencias como esta nos abren los ojos a un nuevo mundo de oportunidades para crecer como persona. Y hoy puedo decir: “Gracias por ser tan cobarde”, gracias por romperme el corazón y gracias porque me abriste los ojos y me hiciste ver que la vida no es como los cuentos de hadas. Gracias por ser tan cobarde porque me enseñaste que:

  • No existe falta de tiempo, existe falta de interés. Porque cuando la gente realmente quiere, lo hace.
  • La felicidad no puede depender alguien, porque no siempre esa persona será como crees.
  • La idea que se tiene de estar enamorados no necesariamente es la realidad.
  • Si a alguien le importas sus actos siempre te dirán la verdad.
  • A veces queriendo ser felices encontramos heridas.

La edad no importa, se puede tener un corazón roto en cualquier momento, por cualquier razón. Solo que mientras maduramos vamos siendo más selectivos en las cosas que nos importan, las cosas que permitimos que nos lastimen. Aprendemos a distinguir entre quien te quiere bien, y quien te quiere mal En algún lugar leí algo que decía: “Vas a enamorarte muchas veces hasta que encuentres al amor de tu vida; piensa que estas a un corazón roto menos de encontrarlo.” Cada uno sabe identificar quien es el verdadero amor de su vida y si somos sinceros no necesariamente es la persona que esta o ha estado a nuestro lado.  Y si fue ese amor de tu vida quien te rompió el corazón, con el tiempo aprenderás que ese no es quien importa si no quien te enseñe que el amor aún existe y quien te ayude a juntar esos pedacitos rotos que el primero dejó.

El destino puso en mi camino más de 10 años después a quien rompió mi corazón de adolescente y de su boca salieron las típicas palabras de “que estúpido fui, como te deje perder”. A lo que con toda la simpatía que me caracteriza le dije: “ En realidad me hiciste un favor, y no te digas estúpido, que ya eso paso hace mucho, piensa mejor que fuiste un pendejo que no se atrevió decir adiós”.  Así que luego de haber visto la obra “Como evitar enamorarse de los pendejos”  y unas cuantas relaciones después de esa, puedo concluir que los hombres siempre serán unos pendejos, mucho o poco, pero lo serán. Pero igual nos enamoramos de ella y nos decimos a nosotras mismas: “Es un pendejo pero están tan lindo…!”